Boris Hoppek contra la indiferencia

He de reconocer que, la primera vez que vi una de las iconografías de Boris Hoppek, se me vino a la cabeza dos ideas: la de una balón medicinal con rasgos afroamericanos y la de Al Jolson interpretando a Jakie Rabinowitz en el célebre filme “The Jazz Singer”.
La primera de éstas pasa por un filtro hortofrutícola sin más relevancia; la segunda, a pesar de sus raciales connotaciones, no deja de ser un envejecido clásico de 90 años donde un judío ultraortodoxo se pinta la cara de negro para cantar jazz, entrando en conflicto con las exigencias de la tradición familiar así como en uno de los estereotipos norteamericanos más apáticos de la historia.

En otra latitud referencialmente conocida, a medio camino entre la marioneta y el monigote, nos topamos con The C'Mons: una ficticia banda de rock que fue popularizada a través de una campaña publicitaria para una conocida marca de automóviles. Esos traviesos muñecos son una de las referencias populares que señalan las elipses fisionómicas de Hoppek, convirtiéndolas en el engranaje antropomórfico de un estilo inconfundible.
De hecho, sus siluetas envueltas en negritud, han servido para generar reflexión y un galimatías etnográfico cuya repercusión ha sido más que sonora: una fórmula para hacer del arte urbano una herramienta heterogénea de análisis humanitario, más allá de esas presunciones pringadas en oscurantismo y más allá de la propia parodia visual.
“Shoot the black” o “86 Negritos” son un buen ejemplo de interacción mordaz con los muchos y desafortunados fenómenos sociales, su relación con el tráfico de seres humanos y ese caprichoso límite cristalino que el atlas oceánico nos permite ver cuando la climatología está despejada.

Su empatía directa con la naturaleza de las instalaciones nos invita a pensar que Hoppek es un artista de proporciones au plain air que sabe transitar por las voluntades del cubo blanco, que sabe hacer del cartón un ladrillo perfecto para sus arquitecturas efímeras (con o sin rostro) y sabe hilar delicado como la orgánica y minúscula dimensionalidad que el muñeco de felpa es capaz de desnudar.

Y siguiendo esa senda de efectos necesarios, el posicionamiento de la figura femenina como elemento objetual sexológico no deja de ser otra manera de desarticular el verdadero sentido de la representación.
El progresivo impacto de la banalización de la violencia es un hecho, la transformación de mujeres en raras criaturas, también, por eso el alemán creó la extravagante publicación titulada “Lavagina” como crisol grotesco y sintético de las rudas posibilidades del cuerpo a la vez que, desde un punto de vista más caricaturesco, se advierta un amasijo orgiástico de personajes retorcidos donde no existe una lúcida apreciación de quién es quién: si el carácter gráfico de un estilo o la revoltosa imagen fotográfica es capaz de poner a algunos los pelos de punta, creo fervientemente que han poner el foco sobre las problemáticas de la sensibilidad extrema.

Hoppek prefiere el despliegue inmediato de provocaciones obvias y arriesgadas sujetas a la acción de mirar, con la esperanza de provocar un vínculo accidental y artificioso en el observador, pasando por alto esas cotas de entendimiento supino y racional que suelen reclamar los profetas incomprendidos: esos que están crónicamente reivindicándose y que evitan la indeleble relación entre arte y broma.
Josep Ramoneda no disimula su malestar entre filosofía negativa, insatisfacción cultural y adoctrinamiento que, sumadas a las tres “c” del liberalismo -consume, compite y contribuye-, nos vemos envueltos en un tira y afloja ridículamente existencial que suele provocar parálisis en una cuarta “c” llamada conciencia.

Alguien decía que la cultura convierte el horror en espectáculo, sin generar análisis, ni reflexión y paralizando el pensamiento para vigorizar el desapego. Cierto es que, tanto el arte como la fatalidad, poseen un margen de tolerancia que muchos acaban nombrando libertad humana, otros experiencia estética y, la mayoría de los mortales, pánico.
Por eso, nadie se alarma cuando todo va según lo previsto aunque lo previsto sea terrible. Por eso, hacemos tributo a un caos que es tan justo como repugnante, imaginándonos un tipo de símbolo que tiene más peso que la más vulgar de las metonimias para, como decía Magritte, acabar aceptando todo por la fuerza de la costumbre y de la rancia indiferencia.

Texto escrito por Marcos Fernández para la exposición “Mañana” de Boris Hoppek en Delimbo Gallery en el año 2017.

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