Pasaba por aquí: notas sobre fragmentos, piezas que recoger y Santiago Talavera

La naturaleza nos ofrece un medio de inmersión inductivo poderoso.
La fenomenologías del análisis del biotopo, las atmósferas y del explorador con salacot, ayudan a poner el foco sobre un terreno poco iluminado. Uno que necesita acomodar la anilla del objetivo hasta tener la distancia oftálmica adecuada, incluso fuera de la panorámica del vistazo que ejecutan las miradas más osadas.

Intentando hacer una maniobra del antes y del hacia, para toparnos con un logos disfrazado de palabra, llamémosle discurso si queremos, me tropiezo con un endecágono de sólidas razones que entablan una amable bóveda levantada entre la citada naturaleza, el espacio, el ser y el no ser, lo mínimo, el eufonía musical, el dibujo y sus derivaciones más minuciosas, la lógica del retrato, los efectos limítrofes de la técnica, las mecánicas del paisaje, habladurías poliédricas o la nostalgia calamitosa. Nada más y nada menos.
Un ejercicio de cambio de posiciones, de ideas que tienen el sentido perfecto para que las frecuencias del habla vuelen, queden inscritas en papel y surja el milagro del análisis.

Desde el quimérico zócalo del artista Santiago Talavera -albaceteño nacido en al año 1979-, se conforma un diálogo argumental desde las once tesis que Óscar Alonso Molina sondea con sentido propio y, haciendo gala de las conjeturas y llenando tranquilamente de tabaco una pipa meerschaum -como generosamente hace el personaje de Hamm en la obra de Samuel Beckett llamada “Final de partida” de 1957-, el acto de bucear con poco oxígeno resulta tan atractivo como un moderno episodio de ciego funambulismo. De hecho, fue Denis Diderot quien afirmaba que “una línea recta para un ciego que no es geómetra, sólo es un memorial de una serie de sensaciones del tacto, expuestas en la dirección de hilo tendido”. Sigamos el hilo.

Sentarse sobre una butaca escopofílica, como homenaje compulsivo a la contemplación, nos hace fraccionar los límites sobre los que se dispone el universo creativo. Mirando con pupila dilatada, retando y protegiendo los espacios de forma simultánea, perfilamos esa efectiva antropología del territorio que resulta en una ósmosis estética, con autonomía personal y con voluntad crítica, para concluir fortaleciendo el ego contra los instintos y empezar desde la solemne paradoja de la entropía seminal.

El trabajo de Santiago Talavera estimula la posibilidad clínica de divisar, mediante indicios impetuosos, la retórica de las capas subyacentes que nos deja ese hueco olvidado del horror vacui, por eso, quizás ahora -no sé si mañana-, se asoman por el escritorio unas derivaciones epistolares como pueden ser las de Daniel Muñoz o Simón Arrebola, artistas que también estrechan el territorio desde la conjura existencial a modo de soberanía de lo íntimo, tomando la cabaña de Heidegger en la Selva Negra como testigo del pensamiento o para el encuentro con uno mismo (como bien cita Óscar Alonso Molina parafraseando a Iñaki Ábalos).

Contraponiendo los límites del trabajo de unos y de otros (nos referimos a los aludidos), el elemento diferenciador es la ausencia completa del ser. Se anula a la figura para desplazar el molesto miedo a lo que somos, para dar la importancia justa a los avatares catastrofistas de la evolución y del progreso, proponiendo un tipo de castigo que muchos señalarían como merecido. ¿Se trata de alguna emanación anti-romántica? ¿Es la separación del paisaje y la figura, un ángulo de despego para delimitar el orden de la representación clásica? Puede ser.

Articular el paisaje en una dirección oculta e indiscutible, como señalaría Gottlob Frege en torno a la verdad, fue un ejercicio que ya pasó por la cabeza de Georg Simmel en sus reflexiones tituladas “El individuo y la libertad”.
Los párrafos de Simmel no zigzaguean cuando se trata de emplazar la dificultad preliminar de su origen: “la delimitación, el estar comprendido en un horizonte visual momentáneo o duradero, es absolutamente esencial para el paisaje”. Ahora bien, como revela el propio Simmel, si esto es viable, si es legítimo que en ciertos lapsos la unidad del hábitat se rompa, el causante siempre será aborigen, humano, a causa del tiránico horizonte visual que percibe su mirada.
Ahí es cuando las lógicas del cataclismo aparecen.

Lo curioso es que, dentro de todo prodigio forrado de representación retínica, el carácter descriptivo de la oratoria visual, comprende otros términos que suelen ser huidizos. Ultimar una obra de Santiago Talavera cuando vivimos en un mundo de fragmentos, como diría Duchamp, puede abrir un portal de dimensiones escolásticas que parten de lo diminuto a lo global, buscando una inversa deductiva que ejerce de catálisis socrática, matemática si la emparejamos con los juicios de Eliott Mendelson: recogiendo la piezas del desastre cuando el huracán pasó, para que al final te provoque lumbalgia.

En otra latitud, aparece la entrevista.
Apunta a lo más íntimo: a los lugares comunes de la música, el cine, los intereses experimentales, a los puntos de inflexión -de hecho me congratula encontrarme en algunas líneas a los neoyorquinos Swans o a ése que hacía ciencia ficción, sin efectos especiales, llamado Andréi Tarkowski-; las maneras de entender y percibir el medio, el mundo, si lo sometemos al gran angular; la interconexión de géneros, generosos -como un buen vino embriagado entre los 15 y 23 grados-, para dilucidar un compromiso elocuente entre significante y significado; usar el collage (¿de condición fragmentaria?); o al paisaje interior y exterior como territorio apócrifo.
Como cita Talavera: “En un dibujo [...], imaginé a Petrarca de nuevo subiendo a la cima del monte Ventoux y viendo una naturaleza cosificada de colores flúor donde las piedras parecen gominolas. En mi trabajo estas reflexiones son [...] hilos conductores: la creciente banalización de los territorios, una cultura cada vez más permeable a la productividad capitalista, la fragmentación y pérdida de significado y simbolismo en la naturaleza…”.
La banalización conduce a lo insignificante y Talavera al enigma.

La preocupación contemporánea por orgías basadas en sensoramas -o teatro multimedia sinestésico-, convierte a la naturaleza en una pelota centrífuga que crea una distancia que se vuelve fácil de caminar, si los exploradores son capaces de vaciar esa mochila llena de lastres.
Sin desmerecer la hipernarrativa dentro de un contexto hiporeal, este cúmulo armónico, sincopado y distópico advierte cierto grado de desconfianza por las potenciales conquistas de la cultura trivial, según insinúa Neil Postman en su ilusoria contienda entre Aldous Huxley y George Orwell. Por eso, los horizontes sonoros y comestibles de Santiago Talavera, seducen por derivaciones visuales e intelectuales, por ser una alegoría arqueológica de sedimentos, de expansión epistémica y de sincronismos sensibles.

Más allá de la contienda que supone el logos, y sin jaque mate en apariencia, ya que deambulaba por aquí, os invito a llamar a la puerta... ¡Toc, toc!

Texto escrito por Marcos Fernández en el año 2016 para NOCApaper como introducción del libro de Óscar Alonso Molina sobre Santiago Talavera.

TE PUEDE INTERESAR

Ensayo y análisis de Anticristo de Lars von Trier

Las invasiones bárbaras

Conocimiento y aprendizaje (notas sobre las ideas de Elliot W. Eisner)