Herramientas para un paseante: Daniel Muñoz enciende el osciloscopio

El periplo que supone poner a prueba los grados de la percepción, nos hace caer en la cuenta en la muchas similitudes que existen entre contemplación, deseo y memoria.
Los espacios suelen soportan las quejas del paseante que busca respuestas, que intenta volver a sacar brillo a la pátina de las incógnitas, con bloc de notas y retentiva afinada, mostrándonos de alguna forma que, las proscritas pisadas sobre la superficie de sus entramados, son tan furtivas como curiosas: cicatrices de la representación, de los fenómenos de una mirada que pretende dar a luz a lo más oscuro, quizás relucir, y abstraer las señales eléctricas que pueden hacernos variar el tiempo.

El paseante o flâneur de la imagen se aparta de la teatralidad performativa del hecho artístico, reconstruyendo la cosmópolis desde el abandono. Sospecha de las firmes consonancias de las convenciones -ya que por eso explora- de la resonancia clásica de la historia y sus avatares, de las derivas del poder y su constante entropía, esa que concluye oxidando a los viandantes que sólo pretenden esquivar los charcos de la indisoluble cotidianidad.

El cuaderno de campo que se alcanza tiende a revelar.
Por eso, Daniel Muñoz, desde su lógica reivindicativa, recupera el último aliento de los contextos alojados en el político lugar común de lo olvidadizo, mediante un enfoque icónico y mitológico de los males del ser contemporáneo, ése que aflige y se esconde bajo las capas de lo superfluo: la verdad, aunque oculta, sigue siendo verdadera decía Gottlob Frege, por mucho que nos pese.
Y, a pesar de que el objetivo siga siendo el camino andado, la intervención aparece para compensar esos otros aspectos del acto de mirar, de ver, poniendo el osciloscopio retínico sobre el muro.
Esta motivación, como órdago ejecutor en el trabajo del artista, se materializa en la traducción legendaria de los hitos personales que tejen sobre la espesa urdimbre de las ideas y que provocan la necesaria intimidación para que se vuelva a empezar de cero.

En la primera de las tentativas desarrolladas, denominada “Europa”, se hace un alusión directa al origen continental del viejo gigante, cuya etimología se asocia toponímicamente con un personaje de la mitología griega y que, más allá de la a la Declaración Schuman de 1950, se toma el descubrimiento arqueológico del disco celeste de Nebra, como argumento para contraponer la edificación bélica de un continente que se ha simbolizado en 40 medallas militares, que muestran la tradición heráldica del territorio y que alude de una forma directa a las distintas analogías astrológicas de la iconografía cristiana.

“La Cortina” es una pieza monumental, agarrada al muro, donde 983 hieráticas figuras posan perpetrando una amenazante red de paso sensorial.
El italiano Giuseppe Pellizza da Volpedo, con su reconocible obra “Il quarto stato”, deja asomar la osadía de la tribuna obrera en una época de tropelías sociales. Esa barrera, si la identificamos con la pieza de Daniel Muñoz, cuyo aparataje se despliega sobre una antigua barraca de hormigón -edificada para guardar los útiles de los trabajadores ferroviarios-, terminan en aproximaciones que son evidentes: la acotación del espacio para controlar el modo de ver -según John Berger-; la obstaculización de la experiencia artística por la irónica intromisión del factor del público; la anulación del ímpetu metodológico por la aparición de unos límites sobreimpuestos, sean desde la acción del receptor pasivo -individuo de razón complaciente- o por las cortinas de humo de una trastienda interesada.

Otro de los murales, “Hollín”, hace hincapié en los sucesos de diálogo, aprensión y coloquio con el entorno, como el resto de los que salen a la palestra.
El arrebato de liberación vital, desde la introspección del recuerdo, puede servirnos como purificación estática y de conexión nostálgica con el pretérito, mirando las peripecias con un arraigo equivalente a nosotros.
Precisamente, en otra latitud, y sin ceniza en la cara, tuve la determinación de valorar ese anhelo: “Hablar del desecho es hablar de identidad mitológica y de esa acumulación de posibilidades que aspiraron a la máxima categoría de nuestros intereses. Me gusta apuntar, por hacer una valoración argumental, a esa idea de Spinoza sobre lo que pudo ser, ese orden de interconexión entre las ideas y las cosas para citar, de alguna forma, cuáles han sido los caminos que van quedándose atrás y que van engordando esas páginas de un diario que tiene nombre propio”.
Lo que es y lo que pudo ser, logra no pasar por el ritual clínico de las frecuencias, dejando que el exorcismo  celebre la derogación del debate interno para dejar impertérritos a los iconos, a la subjetividad, los subtextos, las diagonales narrativas y otras tramas que nos hacen divisar las distancias, sobre todo cuando la confrontación estética nos obliga a quitarnos la mugre.

Si en esa sucesión de intentos por usurpar los males de la melancolía, en el “Espiritismo con la madre de Adam Smith”, como ironía animista, supone un espeso maridaje entre la filosofía del comportamiento y las metáforas de la embriaguez. Invoca a los fantasmas del capitalismo, a la inocuidad extrema y a la cultura europeísta por sacar los trapos sucios de los excesos: una que acaba desfilando con paso firme por legitimidad popular -a todos les gusta danzar con Baco y sus acólitos-, por muy eremitas que nos queramos poner.
Adam Smith intentó basar sus teorías en el sentido común, enfrentándose a todo lo que no defendía el acceso periódico e inmediato al mundo visible, emancipado de la conciencia y sostenido en la firmeza de unos espectadores imparciales. Ahí quedaron prendidos frente los 983.

Y como todo recorrido tiene un alfa y un omega, el que dispongamos de un mecanismo pseudo-documental, se erige como la voluta que da sentido al magma vivencial del querer decir, del recuperar el espacio propio y el espacio foráneo, del ordenar con sentido arqueológico o del proponer cosas que no deberían de estar ahí.


Daniel Muñoz asiste como un tipo de imaginación creadora, que riñe por poner en presencia algo que todavía no es. Una imaginación que tiene, en su temperamento, la póliza de cualquier divinidad ilustre o de cualquier travesura que tiene ansiedad por dar una explicación. Ese microcosmos caprichoso y voluble que no deja de señalar a la perforada normalidad.

Texto escrito por Marcos Fernández para el catálogo “Osciloscopio” de Daniel Muñoz en el año 2015.

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