Creíamos que la historia era responsable hasta que la escribió gente rara: notas sobre Mariajosé Gallardo

No debe suponer ningún problema ahondar en los viejos cajones de los hechos. Mucho menos cuando estos esconden cosas que se refugian del polvo porque, como buenos conmutadores del tiempo y del espacio, siguen queriendo aportar una idea más de los sucesos, por muy desastrosos que hayan sido.

Recuerdo una frase que, creo, es la más interesante que se puede entresacar de las muchas que una película puede tener -si no ésta posiblemente sería muda-, en la que se afirmaba más o menos esto: “Nadie se alarma cuando todo va según lo previsto, aunque lo previsto sea terrible”. Sentencia secuestrada de la conversación que tiene el personaje del Joker con Harvey Dent, en el filme “The dark knight” de Christopher Nolan.
Un aforismo de este calibre puede ofrecernos dos posibilidades: mirar hacia otro lado o la absoluta resignación. 

Lo interesante sería poner algo de juicio sobre el tapete de las múltiples realidades que nos brindan los datos, seguir tramando para hacer que cada cosa tenga su sitio y ver que, como se frecuenta en el mundo de las artes, la sospecha sigue siendo protagonista de los titulares con un mínimo de criterio: por desgracia no suelen ser así de comunes.

Existen mundos que reiteran, de alguna forma menos cotidiana, el poder provocar una fenomenología marginal de lo que la historia nos deja como vestigios manidos. Si tenemos que citar otra película, cuyo no nombre no he sido capaza de poner en pie, da la casualidad que los que intentan sustraer opiniones, o buscar un paliativo diferente a la hora de cocinar una reflexión, acaban siendo sanas víctimas de la casualidad y del acierto.

“Creí que era una peli de acción y resulta que es de gente rara” es un poderoso título, no cabe duda. Sobre todo, cuando lo cotidiano pretende esgrimirse a través de un lado profano y pseudo-popular, con la intención de abstraer otros lugares que quedaron reservados para, seguro, alguna tesis doctoral que no tuvo en cuenta que las vicisitudes no pueden medirse a medias -mucho menos de forma despótica-, olvidando que no existen grados de exaltación ninguno cuando se repasan las páginas caducas de los manuales porque, la incongruencia, siempre ha servido como el mejor valedero para dar la importancia justa.

Creo que, por eso, se tiende a la congoja cuando surgen las imágenes y símbolos de un pasado aún cáustico, con notable interés especulativo, con toneladas de libros -en este caso unos que no pasaron por la hoguera- que hablan y dicen ser un pródigo de la razón con unas maneras que, desde el filtro de la extremeña Mariajosé Gallardo, son sin duda una nueva trinchera de trayectorias que invitan a mirar con otro signo, como siempre le gustó al citadísimo John Berger.

Cuando salen a la luz los pormenores de lo que sucedió a partir del año 1933 en Alemania, parece que a nadie le gusta mirar por ese agujero de las lecturas paralelas. Está claro que todos piensan en holocausto, perturbación, imperialismo, masacre, destrucción y demasiados apelativos poco espirituales.
El nazismo, en ese sentido, abrió una brecha complicada e injustificable que empezó saltándose una fronteras europeas a medio hacer, poniendo el punto de mira sobre Polonia y Austria para ir posicionándose con premura. Que esté dentro del juego de mesa bélico, lo hace ser más enfermizo aún y, si cabe, las ideas que pretender mostrarnos parten del credo utilitario más férreo, ambiguo y hermético.

El nazismo supuso muchas cosas que surgieron a posteriori: la desarticulación de un país para desmembrarlo -sólo hay que analizar las consecuencias del pacto no agresión firmado entre Hitler y Stalin, para el reparto de Polonia-, la aniquilación silenciosa, el desarrollo de la tecnología o la apertura de unas puertas que, rodeadas de misticismo y cierta nostalgia profana, articulan con obsesión y megalomanía unos pareceres ilusorios, mitológicos, mediante la representación como retrato del poder.
A Mariajosé Gallardo siempre la han estimulado los emblemas y la obturación barroca, ornamental, el psicoanálisis de la tortura -cuando ha puesto en manifiesto algún psicópata abstraído de otro contexto analítico-, la ridiculización de las imágenes, la cultura popular frívola y holística para cocinar las cualidades desconocidas de lo cotidiano y, en cierto punto, de la perversión.

Poner sobre el tablero al círculo familiar de un loco, puede ser descriptivo, narrativo y desconsolador. Hacer coleccionismo de los estratos para que los malvados tengan otra condición, también puede envolverse de ciertas provocaciones. 
Esa no es la dirección porque nunca ha habido vocación de fogosidad o alteración de los hechos, simplemente la de dar un motivo para que la memoria no entre en colapso, con sus derivadas hipertrofias.

Los actores son los que han de ser: Adolf Hitler, a modo de superestrella extática y nacionalista -como pudimos comprobar en la serie fotográfica que, Heinrich Hoffmann, realizó con unas poses entre el histrionismo, y la ridiculez absoluta, mientras escuchaba a Wagner y que fueron aparentemente destruidas en el año 1925-; mujeres y amantes como malignas y fanáticas acomplejadas, Albert Speer -que diseñó, entre otras muchas cosas, la Cancillería del Reich o el estadio para los Juegos Olímpicos del año 1936-, Joseph Goebbels, Hermann Göring, Rudolf Hess, Eva Braun, René Müeller o su sobrina Geli Raubal.
Si a todo estos le sumamos una lanza de Longinos, la búsqueda incansable del Santo Grial, la exploración de lugares con alto índice energético y el sometimiento de tradiciones, insignias y mitos para anexionar todos los credos posibles, entonces el resultado es un cajón desastre de tropelías y ganas por ser referentes culturales, económicos, significativos y tremendamente trascendentales.

La anulación de conciencia, el misticismo histórico, la modificación de las estampas o grabados, el carácter lúdico y festivo que podían tener las reuniones familiares en su residencia de Berghof, son las cosas por la que pasa el ideario de la artista. El citado emplazamiento fue el lugar de descanso y segundo domicilio gubernamental de Adolf Hitler en Obersalzberg, en los Alpes Bávaros -un lugar que fue bombardeado por la aviación británica en 1944, quemada por las SS y saqueado por los aliados, como suele suceder en cualquier latitud, después del paso de la maquinaria de la guerra.

La Segunda Guerra Mundial contribuyó a que emergieran dos superpotencias que buscaban repartirse el mundo: Estados Unidos y la URSS. La Sociedad de Naciones, a la que se responsabilizó de desatar la guerra, fue reemplazada por la ONU, tras la carta de las Naciones Unidas que se firmó en San Francisco el 26 de junio de 1945 mientras, las jerarquías religiosas europeas, se quedaban atónitas de cómo el Vaticano ejerció de abogado del diablo por nunca condenar la barbarie, de hecho, el propio pontífice del momento, Pio XII, le interesó estar del lado ario puesto que tanto judíos como comunistas, no entraban en el credo católico: una mofa más, otra irreverencia, una singularidad que la historia nunca será capaz de maquillar por muchas sonrisas que perpetren delante de una cámara.

En los Juicios de Núremberg y Tokio, parte de la jerarquía nazi y del Tenno nipón, fue juzgada y condenada por crímenes contra la humanidad -todo un precedente en las desavenencias de la historia, puesto que nunca se había juzgado a la plana mayor de una nación por causas similares-. La investigación científica y técnica, en su conjunto, se benefició de un fuerte impulso, en particular por la huidiza y patrocinadora voracidad investigadora, la fuga de cerebros y el dominio del átomo tras el Proyecto Manhattan -cuestiones que contribuyeron, también, a la creación del helicóptero, los aviones de reacción y la creación del ICBM: el desarrollo de misiles balísticos continentales que fueron los firmes comodines para la posterior Guerra Fría.

Ese laberíntico juego, a nivel representativo, hace que Mariajosé Gallardo teja un dominio, como suele ser habitual, de la imagen, la composición, la oratoria de la ensoñación y los ideales simbológicos. Tantas posibilidades que, la destreza pictórica de la artista, queda camuflada por otras retóricas documentales.

La acumulación iconográfica a la que nos tiene acostumbrados la extremeña, es una concluyente oposición de estos valores engendrados mediante un léxico riguroso, que amontona en base a sus capacidades, no sólo plásticas, que presenta desde una tradición pictórica estilizada y con un brutal desenfreno metodológico: elementos esotéricos, iconos, símbolos y motivos, se dan cita en una apología tan determinante como satírica.

Sabemos que ejercer una línea de investigación sobre estos temas tiende a lo controvertido, cuando realmente lo que pretende es alargar la sombra del desastre para que tengamos en cuenta todas la preguntas que no nos atrevemos hacer, de ahí que “Creí que era una peli de acción y resulta que es de gente rara” tenga un carácter antiestético y casi caricaturesco.
Por eso, los libros de historia están para algo y, como es lógico, el tratamiento artístico de la autoridad historiográfica, propone como decíamos, una exótica y foránea naturaleza de la condición humana.



Texto escrito por Marcos Fernández en el 2015 para la exposición “Creí que era una peli de acción y resulta que es de gente rara” de Mariajosé Gallardo en Delimbo Gallery.

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