Jorge Hernández y la llamada de lo salvaje: notas sobre pintura y evasión

Cuando el arte supera las fronteras de lo salvaje, esa situación puede hacernos volar a través de lo efímero como respuesta y reacción a lo común.

Hay periplos que no son ni mucho menos comunes. Los hay arriesgados, fáciles, tremendamente difíciles, privados, públicos y por supuesto únicos. Nuestras aventuras por ser mejores nos mantienen en vilo hasta dar con la conclusión definitiva: una revelación que nunca llega y, si lo hace, puede que no nos demos cuenta.

Existió la vida de un personaje, llamado Christopher McCandless que quiso, de alguna manera, trasladar su imagen de flâneur intrigado por la fenomenología de sus propios actos, la liberación espiritual, el buceo absoluto en la autogestión de nosotros mismos como escapistas o, como bien decía Platón, como huidizos que mantienen la mirada y la cabeza bien alta.

Podemos establecer muchas ideas sobre este personaje, real, protagonista de la conocida novela de Jon Krakauer llamada “Into the wild”. Obra editada en el año 1996 y que, el actor y director Sean Penn, logró perpetuar fílmicamente en la gran pantalla usando el mismo título.


Christopher McCandless, apodado como Alexander Supertramp, tradujo su capacidad de éxito académico en una máscara dado el desprecio creciente que percibió en el materialismo vacío de la sociedad norteamericana. Lo que quería que fuera una odisea por el estado de Alaska, según la novela, acabó transformándose en un encuentro con un rifle Remington semiautomático, una serie de libros y la arcadia perdida de alcanzar lo sublime inspirado, según cuentan los datos, por Leon Tolstoi, Henry David Thoreau y Jack London.

Un aspecto interesante que podemos desdoblar de una forma bipolar, es el carácter del autobús que aparece tanto en la novela como en la película, elemento que comparece en la obra del artista onubense Jorge Hernández y que, como otros medios de transporte, es la perfecta metáfora del sentido del desaparecer, del eclipsar la vida dentro de la convención más paradigmática. 
Allí, en ese autobús, apareció el cuerpo de McCandless, con un peso de escasos 30 kilogramos y con la posibilidad de haber fallecido por la ingesta de Hedysarum alpinum o Rhizoctonia leguminicola, como Jon Krakauer afirma en varias de las revisiones que aparecieron del libro.

Lo que más intriga me causa de este suceso, aparte del viaje que supone abandonar todo para reencontrarse con la naturaleza, es su legado cultural. Calificado como un mito del romanticismo moderno o como una figura heroica, el autobús donde vivió su reclusión de supervivencia, fue convertido en destino turístico, para esos inconformistas que anhelan la peripecia y el vital doble salto con tirabuzón. Este legado parte también de lo más instintivo, de hecho, se me pasa por la cabeza la imagen de mi amiga Amanda Johnston, una chica norteamericana que vive en Boston y que persigue un ritmo biológico a medio camino entre el deporte de riesgo, la aventura en el medio natural y la pesca de salmones en el estado Alaska: estado número 49 del gigante norteamericano cuyo nombre, remite a un vocablo de origen aleutiano que significa tierra grande.

Todo esto, no deja de ser un lacónico pasaje que forma parte del catalizador que Jorge Hernández ha determinado como germen de una nueva dirección en su trabajo pictórico.
Después de visitar las lejanas latitudes de Chile, vuelve cargado de paráfrasis quijotescas que envuelven su trabajo de una índole evasiva y cardinal porque, como concluye, el arte es un registro biográfico. 
Jean-Claude Passeron sugiere que esas vicisitudes biográficas, como parte del arte, tengan que definir un espacio a medio camino entre el radicalismo estructural de orden antropológico y la tentación que abre la regresión sociológica. Passeron niega la condición de abandono y anonimato cuando, los actores de una experiencia vital, quedan expuestos a una simple condición estadística.
Jorge Hernández, levanta un puente entre cinematografía, el espíritu del flâneur -ese que Walter Benjamin hizo objeto de análisis normativo a través del la poesía de Charles Bauedelaire-, la soledad del viajero, el deseo de pertenecer a algo inmenso, taxonómicamente inabarcable, y la mirada esencial del moderno espectador urbano: un detective aficionado que se disfraza de investigador, para esquivar sus dudas y planteamientos en épocas de decadencia.

¿Cómo podemos anexionar, narrativamente y visualmente, todo esto con el trabajo del onubense?
La obra de Jorge Hernández está repleta de alusiones directas y vectoriales al mundo del cine, como un dedo señalando a la pared, y a la literatura del siglo XX. Las referencias al universo de Alfred Hitchcock, Martin Scorsese o Andréi Tarkowsky son tan evidentes como recónditas, quedando acristaladas como parte de los componentes de un televisor, tras ese frío y cristalino límite compuesto de un microcosmos en rojo, verde y azul, que son capaces de instigar una visión compuesta de fotogramas, inquietantes al estar al borde de la acción y del clímax de algo inconfesable.

En alguna otra ocasión, he podido ver cierta luz al final del pasillo, cuando he tenido que desgranar la obra de Hernández. La visión cinematográfica inspirada en los mitos del cine negro, la Nouvelle vague, el llamado cine post-clásico, fueron términos que calzaban, y calzan, perfectamente en el ideario de tensiones y acercamientos que el artista propone.
Cierto es que el juicio sigue siendo parecido porque, en un juego de exploración tan extenso, es imposible que ni siquiera Christopher McCandless, nuestro misántropo anti-folk del biotopo, tuviera tiempo y ganas de recorrerlo por eso, el cine, como cita muchas veces José Luis Borau, es una plataforma excursionista de recreo intelectual muchas veces denostada, por la querencia genérica del gran público en torno a la cultura del entretenimiento.

Plásticamente, Jorge Hernández da un pequeño gran giro: deja atrás, por lo menos de forma momentánea, sus soportes acristalados por capas de resina que interaccionan con el color, para pasar por el agradecido formato del papel. Este nuevo y receptivo zócalo de celulosa -si fuera celuloide, no iríamos mal encaminados-, permite al artista abrir el trazo, dejar que la pintura obedezca a los principios de la gravedad, que salpique y se derrame, aportando un método más instantáneo, menos científico, que al final resulta igual de efectivo, novelesco, y separa la superficie de sus antifaces hialinos que perpetuaban, a modo de encofrado transparente, todo su universo pictórico.

La figuración parte de la misma idiosincrasia, donde se amontonan las cualidades que el espacio es capaz de sugerir y donde se establece una longitud naturalista con la profundidad del paisaje, creándose latitudes poderosas de interacción con el espectador, como si se tratara de ventanas abiertas en un desván abandonado y donde, fijando el foco, desaparece la figura humana.

Antes, Jorge las usaba porque eran parte de su credo narrativo y lógico. Esos elementos que respiran y deambulan, no dejaban de ser la excusa perfecta para desarrollar un conflicto sacado de un guión -pintor de guiones, lo llamé alguna vez-, donde los roles se camuflan como curiosos inmóviles que también ambicionan, desean y confían que pase alguna cosa.

Que pase algo es una cuestión que esperamos todos y lo raro es que no suceda nada.
Por lo menos, cuando nos da por explorar, sea para acabar haciendo de una autobús abandonado nuestro hogar en medio de la plenitud de la tundra o para brindar a favor del escamoteo de la libertad, la trampa que se antoja acaba siendo caprichosa como una insolente parábola, que puede darnos la espalda e, incluso, convertirse en el letal epitafio de nuestra ansiedad por separarnos del mundo.

Unos de los libros que Christopher McCandless llevaba consigo, cuyas páginas usó para escribir un mensaje de auxilio en los últimos suspiros de su vida, fue “Educación de un hombre errante” del escritor y bibliófilo Louis L’Amour, creador del personaje del western Hopalong Cassidy, un personaje que muchos lectores aproximan a la imagen de El llanero solitario. 
Otro flâneur de la estepa, escurridizo y hábil, cuyo aporte arriesgado también le hicieron transcurrir por ese camino salvaje que muchos quieren atravesar y pocos osan a convertirlo en un libre alegato por ser singulares.

Ahora, Jorge Hernández, se mimetiza con el medio para traer una visión camuflada y trapisondista del ostracismo personal, acertando en las posibilidades de hacer del entorno un útil aliado que, como la pintura, también languidece esparciéndose, manchando a quienes no se deciden y poniéndolo difícil a los que huyen de la apatía ajena.

Texto escrito por Marcos Fernández para el catálogo de la expocición “Why into the wild?” de Jorge Hernández en el año 2014.

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