Ese gran combustible llamado música...

Muchas veces, me pregunto qué entiendo por música positiva: ¿la que tiene una carga positiva de partículas subatómicas mediante fuerzas de atracción?; ¿la que te hace sonreír en el momento del desperezo y el olor a cafeína?; ¿o la que simplemente te hace partícipe de un intenso flujo de neurotransmisores?

Nuestras mañanas, a veces, dependen de nuestro naturaleza momentánea para encontrar el disco adecuado y así disponer el comienzo de una jornada de la forma más receptiva y confortable, sin necesidad de tener que viajar folclóricamente a Venecia, ni discutir una propina con el gondolero.
Es curioso como la motivación de un despertar provoca la entrada de un gusto, un género o un estilo que enfoque, con el más abierto de los prismas, cómo va a ser el ritmo armónico de los primeros bostezos de un vespertino modo de impulsar unos ojos llenos de legañas.

Al decir vespertino, me he acordado del disco de la excéntrica islandesa Björk titulado Vespertine e, inevitablemente, de su marido Matthew Barney y su pentalogía Ciclo Cremaster. Quizás por analogías, la alusión a la cantante esquimal me ha hecho recordar un extracto del timbre de la madrileña, afincada en Andalucía para nuestro regocijo desde hace años. 
Merche Corisco es una artista tan descriptible como inclasificable, que tengo el placer de conocer desde hace mucho, y que siempre ha provocado en mi, y a los que están a su alrededor, más de una sonrisa. Quizás, los paralelismos no sean lo suficientemente precisos, pero me invitan a pensar en algo teñido en color, uno que abandere lo enigmático, puesto que el abanico es inabarcable, bailando primero y pensando después, como solía decir el genio del absurdo Samuel Beckett.

La carrera de la compositora es de sobra alargada, y de sobra conocida, por su holgada profesionalidad y por su incansable modo de ver las cosas. Un elemento que sabe suministrar de una forma perfecta para que, cada uno de sus alter egos musicales, tengan la personalidad y el emplazamiento de una artista que comenzó su hazañas allá por la década de los 90 y que, después de numerosos álbumes y trabajos editados, sigue siendo capaz de continuar una marcha, casi de fondo olímpico -aprovechando la actual y recurrente anexión del café con Madrid-, sin fatigarse en ningún momento.

La descubrí cuando acababa de editar su segundo LP en el año 2000, llamado “Dulce kaos”, como respuesta al publicado cuatro años antes, titulado homónimamente, ambos a través de la multinacional Sony Columbia. Este comienzo, supuso una implosión de posibilidades que la permitieron dejarse ver por muchos escenarios, programas de televisión y radio, salas de todo el ámbito nacional y cualquier recóndito lugar que permitiera un sano diálogo con su música.
Hace cuatro escasos años publica su largo “Oasis”. Un disco repleto de colaboraciones amasadas por su buen hacer y por su empatía para magnetizar a las personas adecuadas: Javier Ruibal, Nacho Campillo, Cecilia, Quique González o, el extraordinario jazzista, Pedro Cortejosa. Seguidamente, aparece el trabajo titulado “La musa difusa”, donde a través de su ideario personal, traza un encuentro entre experimentación, algunas buenas dosis de cabaret -como hemos podido apreciar, a modo de diva, en algún espectáculo concreto-, sus tradicionales himnos patinados con una perfecta capa folk, toques de jazz y funk, una lírica magnéticamente contagiosa: un virus total de alegrías y alergias al fanatismo del ceño fruncido.

Me gustaría, por eso, detenerme un poco en las ideas de asertividad que sobrevuelan entre las corcheas, y demás figuras, de las canciones de Merche y en esa lustrosa poética, tan desgarradora como sencilla, que amplía el gran campo semántico en el que se mueve su emotiva y pegadiza mirada. Una que se viste de Janis Joplin para homenajear los buenos sones de antaño o que improvisa abiertamente en cualquier sentido, sin importar el resultado porque, éste, siempre es interesante y eso reconforta.
Salió el Sol, sobran las palabras, dame chocolate... aún recuerdo, porque es imposible olvidar, esa vez en la que nos reunimos para ir a una pequeña aldea escondida en la serranía onubense. Un fin de semana de cánticos, buen comer, paseos refrescantes y toques de guitarra. Merche nos sentó, como sección de coros, para desentramar uno de sus temas recién compuestos. Fue un completo desastre que confirmó el porqué nuestra glotis, es un arma de destrucción armónica.

Desde entonces, la madrileña adoptada en Andalucía, ha sobrevolado muchos rincones, salas, cafés, escenarios y platós de nuestro territorio, así como un merecido periplo por nuestra vieja Europa, haciendo afortunados a suecos, noruegos, daneses, británicos o rumanos.
Ahora, asentada en la Tacita de Plata, como bien definen los gaditanos a su trozo de tierra ganada al mar, el tiempo pasa de otra forma, lejos de tendenciosas y urbanas megalópolis, desagradecidas las mayor parte de las veces, que lo único que provocan es que bostecemos dentro del subterráneo túnel del metro, que nuestras idas y venidas sean eternas, y que notemos la carencia de la sensibilidad provocada por el estrés neoliberal y por esa mayoría de personas que hacen lo que no les gusta.
Merche Corisco hace lo que quiere y lo que le gusta: eso se nota.

Texto escrito por Marcos Fernández para Merche Corisco en el año 2013.

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