Notas sobre arte y política

Todo arte que no sea epidérmico y que invite a la contemplación y reflexión, tiene implícito un carácter político, así como pedagógico, creo. Si no es así, entonces ese resultado del método artístico sólo servirá para adornar las paredes y las mesas de los ricos. Como ya anunciaba John Hospers, el arte debe siempre estar al servicio de ese binomio, como expongo en la primera línea de este texto y, en cierta manera, crear relaciones con el mundo, como también afirma Nicolás Bourriaud en su libro Estética relacional

Desde ese prisma pueden caer los mitos, altamente consolidados, en torno a las apariencias platónicas del sentido de la experiencia estética y, tal vez, encontrarnos un arte que desnudo se tapa por pudor.


Política no es un eufemismo de partidos políticos, ni del casposo noticiario de las sobremesas más cotidianas, es una rama ético/moral que se ocupa de la actividad y la virtud de una sociedad intelectualmente libre, compuesta por personas libres. Si el arte es una entidad libre ha de ser político, ya que este ejercicio fortalece un perfeccionamiento de poder que busca un fin trascendente y, si el público es libre, también eso nos hace cuestionar las cosas la mayor parte de las veces, nos gusten o no, evitando que el diagnóstico sea sólo exclusivo en el credo artístico. 
Éste, no suele configurarse por las problemáticas y los temas, sino especialmente por la manera en que se construyen las relaciones con la vida, con el entorno, con los otros, con la memoria, la cultura e, incluso, con lo artísticamente establecido, parafraseando a Pavlovsky de alguna manera.

Ver políticamente, como acto perceptivo, es el resultado de una acción colectiva, pero no de una acción cualquiera, sino de una que se adentra en el calado de la emoción inteligente y sensible, por ejemplo. Desde la aparición del arte conceptual -considero que siempre ha sido así, puesto que hacía un lado u otro siempre se ha querido decir algo, aunque sea una frívola bondad- o el arte que anula al fetiche y al objeto como parte fundamental del acto creativo, el espectador ha de tener una actitud muchísimo más activa y muchísima más juiciosa haciendo, si cabe, más real la metáfora de que el arte es un espejo que habla más de nosotros mismos, de nuestros complejos o de la circunstancia contextual en la que nos encontramos, que de un discurso concreto o de una tesis argumentada desde los principios metodológicos.

Recuerdo que, hace años, siempre discutía con amigos sobre los distintos avatares que sucedían en torno a las incógnitas de la representación. Por cuestiones que no logro a entender, siempre salía a la palestra el hito de las vanguardias y cómo, en esas latitudes, las dudas eran presa de unos interlocutores que lanzaban dardos envenedados con una serie de testimonios pobres. El cubismo fue unos de los ismos más atacados y, lógicamente, las artes reduccionistas o primitivistas, cercanas a la maneras expresivas de la modernidad de la mitad del siglo XX. No creo que sea necesario citar esas líneas argumentales, puesto que se caen por si solas, pero no dejan de ser un escaparate muy oportuno que pone en manifiesto la incapacidad de muchos para ir más allá o para dejarse seducir, al menos, por lo desconocido y lo no convencional, dejándolos en una posición radicalmente incómoda, rompiendo lanzas a favor de la estupidez más soberana. 
Una manera de haber intentado superponer un mínimo grado de coherencia, ponemos un línea paralela cerca en forma de acto socialmente artístico como ademán de política lúdica. Ésta puede derivar en cualquier gesto desde: no sentarse en la zona adecuada del autobús, como ya hiciera Rosa Parks; algunas ideas del arte urbano; o los análisis sobre la teatralidad antropológica de Turner en torno al drama social.

Comprendo, aunque me cueste, el carácter atrofiado de la sensibilidad. Una que hay que educar constantemente para no dejar paso a las trivialidades enfermizas de las que son protagonistas los almuerzos y las cenas de algunos hogares y, quizás, pensar en las cuestiones que en el párrafo anterior comentaba (no tiene por qué ser necesariamente Turner). 
La ignorancia está en alza y va ganado terreno acotando con destreza la disposición del saber. Paul Boghossian en su libro El miedo al conocimiento, nos hace partícipe de esas ideas. Una que me llama tremendamente la atención es el argumento de autoridad que hace citando a otro autor: La verdad, aunque no se descubra, sigue siendo verdadera (El sentido común intuitivo se conforma como un factor independiente de la opinión humana, siendo capaz de llegar a la valoración de una forma objetivamente razonable. Por difíciles que estas ideas puedan ser, es un error pensar que la filosofía ha descubierto poderosas razones para rechazarlas). Y verdadero es, aunque no se descubra totalmente, que la sociedad en su gran mayoría sufre de una narcolepsia superlativa que los hace dóciles al movimiento de los intereses infundados provocando que, la falta de contacto con la cultura, los haga esclavos de ellos mismos, de su propia entropía como seres humanos y del sistema que tan vertical se erige.
Me pasan por la cabeza algunos agudos y afilados manuales de estilo. Muchos de ellos para artistas en busca de un modus operandi apropiado, como son el de Pablo Helguera o Carlos Genaro Matus, donde manifiestan un carrusel de tópicos impuestos y conductas recomendadas, bajo un casi entronizado asesoramiento, para llegar a la conclusión de que, muchos de esos vademécum merecen ser suministrados en masa y así, tal vez de camino, despertemos a los dormidos.

Me gusta especular sobre esa idea de la docilidad creativa, observando a un descafeinado Matisse que se sometía, como el mismo decía, al cómodo sillón de la pintura. Algo que, sin duda, pone en manifiesto la conformidad y comodidad en la que se asienta un fetiche apotropaico que, tiende a asomarse como necesario y útil, con el descaro de un joven boxeador inflado en autoestima y en alguna que otra dieta de idolatría personal.
Este reciclaje resulta y pretende ser irónico, hasta el punto que llega a desgastarse como la urdimbre de una tela de lino, siendo éste el resultado retórico de la desilusión de las cosas, una desilusión que acaba siendo fósil.

James G. Ballard afirmaba que Warhol es el Walt Disney de la era de las anfetaminas a través de un controvertido modo de ver. Las latas de sopa, las celebridades y criminales, los disturbios raciales proyectados sobre una lustrosa seda, terminan siendo más legítimos que las fuentes originales, subiendo un escalafón imposible de la corrupción de la propia banalidad y de la mala salud de la comunicación actual. Por eso, la visibilidad engañosa es lenta como un proyector de diapositivas provocando, finalmente, que no tengamos nada que temer, puesto que en la sensibilidad reside la razón de muchas cosas.
Una sociedad intelectualmente libre discrepa libremente... Y un arte no político, es un arte inocuo, vacío, neutral, intrascendente, superficial, ostracista, aislado, malogrado, baladí, insustancial, fútil, trivial, frívolo, etcétera, es decir, el perfecto ejemplo de la anulación del discurso o narración representativa.
Lo sublime parte de esa idea. Si no es así, el ejercicio pictórico del jarrón cerámico con flores, puede subir al parangón de la utilidad espiritual. Ese jarrón también tiene derecho...

Texto escrito por Marcos Fernández para DOZE Magazine en el año 2013.




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