Esa segunda piel llamada crochet (referencias cruzadas en la obra de Olek)

Es posible madurar, como si se tratara de un vergel en expansión, a través del conocimiento, los mitos y nuestras sombras. El calado de nuestro propio tejido humano, como el crochet, es una metáfora de complejidades interconectadas, donde el peso de la trama se sostiene como una unidad indivisible y volátil.
Agata Oleksiak, artista de origen polaco afincada en Nueva York, nos muestra una segunda piel de los objetos y de los individuos a través de una nueva epidermis de fibras cromáticas. Si el húngaro Christo descontextualizaba el orden de los espacios mediante un envoltorio, que dotaba de cierta corpulencia a los fenómenos arquitectónicos y terrestres, Olek conduce el color travestido de un caleidoscopio a golpes de hilo trenzado, con unas tesis que distorsionan la ingenuidad de las formas. 

La artista polaca nos ofrece, en esta esperadísima exposición en Delimbo, un recorrido a través del imaginario atávico por antonomasia y su folclor más tradicional, aproximando contenidos tan dispares como la fenomenología popular de nuestro país, la remota mitología griega y las onomásticas.
Estos ingredientes son un encuentro solemne, más allá de la urdimbre del entrelazado, entre Santa Ágata de Catania, Minos y Pasífae, su hija Ariadna y el mito del Minotauro o Toro de Minos: una sinopsis tan anfetamínica como intelectualmente plausible.

Santa Ágata (o Águeda) de Catania fue una virgen y mártir según la tradición cristiana. Su festividad se celebra el 5 de febrero y, los orígenes de su santidad, se remontan a la historia donde el procónsul de Sicilia, Quintianus, fue rechazado por la joven que ya se había comprometido a seguir las sendas de Jesucristo. El romano, con la ayuda de Afrodisia, intentan convencer a la muchacha, pero ésta no cedió. Quintianus, en venganza por no conseguir el júbilo carnal, la envía a un lupanar donde milagrosamente conserva su virginidad. Encolerizado, el procónsul ordenó que la torturaran y que le cortarán sus senos. 
El manierista Sebastiano de Piombo y el maestro Piero della Francesca la representaron como protectora del fuego y se tiende a considerarla como prónuba de la feminidad y de la lactancia. 
La fijación de la artista por la tauromaquia, no sólo parte del laberíntico reto desatascado por Teseo para liberar a Grecia y huir con Ariadna -posteriormente abandonada, descubierta por Dionisos y asesinada por Perseo o, según la Odisea de Homero, asesinada por Artemisa-, también germina del romanticismo mediterráneo y de todo el interés de Olek por crear una retroalimentación en torno a la realidad económica y social, mediante los mitos que se encierran debajo del hilo tendido y bajo la película del crochet

Se supone, que la práctica del ganchillo asciende a destrezas de origen sudamericano, chino o árabe, que fueron paulatinamente popularizadas en Europa durante el siglo XVIII aunque, haciendo un juego de referencias cruzadas, me llama muchísimo la atención las analogías con el concepto amigurumi japonés. Ésta es una tendencia que consiste en tejer pequeños muñecos mediante la técnica que atesora Olek, creando vínculos amistosos e infantiles a través de la cultura, muy japonesa, de lo kawaii o de la ternura. 
No sé si todo esto esconde otra naturaleza que se me pueda escapar. Quizás por mi gusto hacia lo perverso y lo grotesco, entiendo que pueda existir una trastienda más allá de la suave piel con la que modifica la idea de las cosas. Eso me reconforta y hace que la experiencia, activamente, despierte algo a lo que aproximarme con encanto.

El famoso toro situado en Wall Street de Nueva York fue crocheteado sin piedad en una fría noche, de ahí quizás, su gusto por estos robustos animales pero, unos de los trabajos más llamativos son, sin duda, los enviroments que fabrica en pequeñas logias cerradas, lo que nos hace pensar en un viaje transatlántico de cotidianidades, y la ingenuidad de un aparente pasatiempo octogenario, embellecidas por una serie de elementos que invitan a lo ancestral, donde aparecen esqueletos o antecedentes simbólicos cercanos a la idea de la Santa Muerte mejicana, lo que me inspira ciertos vínculos sincréticos abstraídos de la contemporaneidad. 
Unos de sus últimos y más titánicos trabajos ha sido el envoltorio de ganchillo desarrollado para una locomotora con vagones en Lodz, en su Polonia natal, durante el pasado verano. Puesta en escena que consolida un modo de vida y una actitud brutalmente accesible que, mientras siga tirando de la madeja, evolucionará con coherencia. 
Aparte, la artista, va dejando un registro imborrable desde la neoyorquina galería que la representa, Johnathan LeVine, donde pudo hacer su debut con la exposición individual “The bad artists imitate, the great artists steal en al año 2011, así como un sugerente recorrido por distintos centros de arte y museos de todo el mundo. 
Ella demanda un cambio de lugar para el lugar, lo que provoca que sus instalaciones y esculturas alcancen una alta frecuencia, no sólo por la intensidad del color sino, sobre todo, porque el contraste que crea a través del nuevo sentido del material original, los convierte en un loop after loop: una vuelta tras otra, como el golpe de muñeca que ha de hacerse con la aguja conveniente. 
Me parece un situacionismo muy oportuno el que haya bidireccionalidad entre pensamiento y resolución, algo que considero de obligada factura, ya que ahí se apoya realmente el universo arcano del discurso de Olek. Uno determinado por una serie de conocimientos muy concretos que han de verse encerrados dentro del cubo blanco, o del espacio público, para ser experimentados en su totalidad y comprobar in situ cómo de mutables son las direcciones de un trabajo. 

La polaca describe literalmente su trabajo de esta forma: Creo que el crochet, como yo lo concibo, es una metáfora de la complejidad y la interconexión de nuestro cuerpo, sus sistemas y su psicología. Las conexiones son más fuertes desde la unidad, en lugar de acciones distintas y fragmentadas pero, si se corta unan de ellas, todo se vendrá abajo [...]”. 
El ovillo no parece cortarse nunca. Dejemos, pues, que la medida de éste siga haciendo su trabajo.

Texto escrito por Marcos Fernández para Delimbo Gallery en el año 2013.

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