Cuando los puntos vuelan...

Se suele volver al lugar del crimen, según se entiende en ciencias jurídicas, para limpiar indicios y huellas, rememorar la morbosidad del suceso o, simplemente, para pasear sobre un mapa ambientalmente homicida que casi podría cortarse con un afilado cuchillo pero, como diría el genio de la fragmentación de tejidos, Jack el Destripador, vayamos por partes. También se puede volar sin motor como Otto Lilienthal, en esa época en que el romanticismo de la conquista del firmamento pasaba por, también románticamente, estrellarse contra el suelo. 

Nuria Mora regresa volando a Sevilla, no para recitar coplas o bailar al sugerente compás de tres por cuatro. Vuelve para hacer constar que, su presencia en la colectiva Hecho en Madrid, celebrada hace unos meses con la flor y nata del arte urbano procedente de la capital, no es sólo una anécdota reseñable o un provocativo modo de indagar tras los pasos andados. Vuelve para ampliar, desde todas las latitudes posibles, un imaginario complejo y colectivo para dejar ostensiblemente una impresión que no ha de borrase en este escenario. 
Puede que en el proscenio de un homicidio muchos puntos se queden sin descifrar, flotando en el aire, esperando una conclusión milagrosa tras el desesperado escamoteo del intelecto. Para evitarlo, una sucesión de puntos volados pueden ser el vínculo oportuno, ayudándonos a captar una visión más próxima. 

En una de las sinopsis que he podido leer sobre el trabajo de la madrileña, Alberto Martín Expósito, cineasta y gestor cultural, plantea un encadenamiento muy descriptivo sobre qué es el punto volado -nombre que determina el título de la exposición-. Un signo de puntuación semántico que atraviesa muchos enclaves culturales a través de distintas polifonías idiomáticas, así como un signo representativo del ámbito científico altamente ordinario en matemáticas o en química (todo el mundo, creo yo, ha de conocer ese clásico puntito que hace las veces de símbolo multiplicador y ha aparecido cientos de veces en nuestras, ya añejadas, libretas de cálculo). 
Sobreentendemos que la metáfora de este signo crea un nexo de convergencias. Uno que nos hace ver, de algún modo, el grado de intervención de una artista que flirtea con todo lo que le interesa, que para eso es la dueña de sus actos. 

El planteamiento que nos ofrece la madrileña, si lanzamos un eje longitudinal en su trabajo, esboza una cartografía de intereses muy atractiva: intervenciones urbanas, geometrías constructivas y orgánicas, ilustración expansiva y manierista, collage multidisciplinar, todo bajo la singular batuta del montaje atrevido y poco convencional -cuando éste se somete al acotamiento del cubo blanco-, con un evidente carácter ex profeso (algo que confirma el buen estado de salud de un espacio y de una artista que se antojan mutables). Crónica de pretensiones creativas que no deben de dejarnos indiferentes ya que éstas pretender ir más allá de una simple contextualización, y articulación, de una obra. 
Desde que tuve el placer de conocer estos hechos, gracias a la buena mano de los chicos de Delimbo, me intrigan una serie de planteamientos que intento desvelar con la paciencia de un taxidermista y la chispa de un sabueso que fuma en pipa Meerschaum, esa de la que se servía Sherlock Holmes para sus elucubraciones más retorcidas, con la intención de querer comprender dónde están los límites de la propia experiencia estética y su piedra angular: ese clásico exponente de la emoción. 

La geometría (como inseparable consorte del arte y del trabajo de Nuria) fue considerada por el mundo árabe como una quintaesencia mística que abría el portal del credo religioso. No nos sorprende porque, detrás, siempre hubo cierta visión empírica que contrastaba todas las opiniones posibles, hasta el punto en el que las figuraciones euclidianas se establecieron, o más bien se purificaron, dentro de los órdenes decorativos más convencionales, sean laicos o devotos. 
Hablar de geometría es hablar de mucho, puesto que han pasado tan sólo veintitrés siglos desde que se escribieron los trece volúmenes del libro Los elementos'. Necesitaríamos muchas estanterías para ordenar únicamente sus principios básicos, para no sólo poder entender cómo se descifra un cuadrado inscrito en una circunferencia dado el radio de ésta sino, sobre todo, para comprender su magnitud cosmológica y su relación a través de todos los estratos de la vida. 
Por eso me planteo qué pretende Nuria Mora a través de sus inquietudes y de esa epidermis ejecutada con oficiosa brillantez. Se me ocurren algunas: trasladar la concepción del espacio y del tiempo, aumentar las dosis de color en fachadas arquitectónicamente obsoletas, descontextualizar la geometría, establecer un diálogo figurado con el carácter poliédrico y metafórico de los objetos (como podemos ver en muchos de sus dibujos), crear un oasis casi emblemático en torno al recorrido de una exposición, potenciando de una forma rotunda el manipulable temperamento de un montaje. Variables que pasan por el filtro y/o espejo de nuestro criterio y nuestros sentidos, despojándonos de una camisa de fuerza que reservamos para locuras más sensatas. 
La relación directa que ofrece la de Madrid en torno al ideal de arquitectura es heterogénea, simbólica, real y pasan, coma decíamos antes, por su adecuación y revisión, como si fuera parte del proyecto inicial. Su colaboración en la prestigiosa revista AD nos hace partícipes del porqué de su abecé urbano y del interés de la artista por dejar un lacre capitular en los emplazamientos más insospechados. No es casualidad que por ello, el trabajo de la artista haya estado luciendo todas sus posibilidades en la Tate Modern, en un proyecto comisariado por Cedar Lewisohn y Rafael Shacte hace ya cinco años, en la Fundación Miró, el Instituto Cervantes de Casablanca o el Museo de Arte Contemporáneo de Johannesburgo. Tal visibilidad es un premio merecido, puesto que muchos llegan a la meta con la respiración entrecortada y con temblores musculares, en una maratón que es un certero testimonio de una carrera de fondo lustrada con éxito. 

Todo trayecto ha de estar respaldado con una realidad metodológica acertada, que esté a la altura de las circunstancias, que hable del instante creativo y de cómo somos, cuando nos encerramos en la torre de marfil o cuando salimos a la calle a intervenir algunos útiles urbanos. 
Muchas de las obras e intervenciones, que Nuria Mora encierra en Delimbo, son un perfecto ejemplo de integración en el espacio expositivo, no sólo por cómo alguna de las obras se expanden a través del inmaculado color de los muros, cómo destapan una brecha en la topografía del tabique para causar la ilusión, o cómo se amontonan, casi a modo de trastienda, algunas de las piezas expuestas que figuran a la vez con algún abalorio o algún pliegue, sino porque establecen un diálogo muy coherente entre ellos, anexados a ese punto que, sin duda, vuela y es más que un comodín en la singladura de este impecable modo de ver.

Texto escrito por Marcos Fernández para Clone Magazine en el año 2013. 

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