Mitos y otras frecuencias

La representación de la figura humana ha supuesto endémicamente una de las tesis fundamentales en el desarrollo de la Historia de Arte. Desde que el artista extendió la obsesión por plasmar la realidad anatómica de un ser vivo, la puesta en escena de la supervivencia estética ha potenciado un mare magnum de intentos por hacer de lo fidedigno un manifiesto profundo más allá de la torre de marfil. 

El realismo, más vectorial o naturalista, ha significado y significa el auténtico paradigma por consolidar, en dos dimensiones, todas las posibilidades que ofrecen la mirada y los modos de ver a través del virtuosismo artístico por excelencia. 

El ser humano siempre ha sido reputado como un perfecto ejemplo del compromiso del artista frente a las destrezas retínicas. Desde la consolidación de los distintos cánones, que han atravesado el eje cardinal de cómo comprendemos nuestro entorno próximo, el ejercicio de cimentar la lógica de la observación ha facultado una idea, más o menos aproximada, de cómo advertir el mundo. 

Considero que las numerosas tangencias que actualmente nos ofrece la representación de la figura, nos obligan a que la praxis y el juicio de la existencia, sean una capa que no redunde en una epidermis simplista de contenidos, para que la perpendicularidad de la contemplación traspase la verdad del soporte y ponga en manifiesto el auténtico alcance del discurso. 

Como es evidente, a Leah Yerpe le gusta usar la figura humana casi como una frecuencia, ya que la artista entiende que no puede dejar de proyectarse y de relacionarse con ella, exhibiendo una total bidireccionaldad, así como cierta sujeción al fatigoso método de los realismos más nítidos. Los cuerpos, en su trabajo, se multiplican retorciéndose y flotando por un espacio anulado donde, la referencia de la atmósfera corpórea, construye de algún modo cierta ficción simbólica a través de una narración superpuesta, desde un collage imaginario y un palimpsesto tan lúcido como perpetuo. Aquí, sus modelos y referencias, se mueven a su antojo bailando primero y pensando después -como diría Samuel Beckett-, puesto que el movimiento automático puede captarse rápidamente a través de la imagen fija extendiendo una lógica que funciona con un desdén brillante. 

Esta artista nacida en el condado de Cattarauga (en el estado de Nueva York) y residente en Brooklyn, ofrece una poderosa visión de las atávicas formas de entender la realidad, a través de la tinta y el grafito sobre papel, donde los individuos se recrean en movimientos eléctricos, contorneando un aspecto barroco casi ornamental, que adorna con sucesivas referencias a la mitos griegos, egipcios o mesopotámicos en los títulos de las piezas. 
Tales apologías, enlazan en un sentido casi telúrico, como intento de disfrazar la práctica representativa a través de los estratos de la alegoría, como quintaesencia del movimiento, el paso del tiempo y el capricho uniforme de una activa vida cultural. 

Desde el año 2004, la de Brooklyn ha consolidado una forma muy particular de verbalizar la conceptualización de las distintas realidades que nos acordonan. Ligada en los últimos años a la Dacia Gallery de Manhattan, sus exposiciones individuales invitan al deleite y a la sorpresa, no por ver cuál ha sido el próximo salto mortal, sino porque de algún modo, este trabajo participa de un grado de introspección muy seductor más allá de la precisión del proceso. 

Observo, en las denominaciones de sus obras, alusiones a nombres como Elfaravahar -uno de los símbolos más conocidos del zoroastrismo-. Éste consiste en un disco alado, un elemento que posee una larga tradición en el arte y en la cultura de Oriente Medio y Próximo. Históricamente, este símbolo está influenciado por el sol alado, jeroglífico que aparece en algunos sellos reales de la Edad de Bronce simbolizando, en particular, el poder real. 

En otra latitud, aparece el nombre Tucana, considerada por la astronomía como una constelación moderna, siendo inventada a finales del siglo XVI, sin ningún elemento mitológico asociado a ella. O Apus, que se refiere directamente al ave del paraíso conocido como Ave de la India. Otros indican que proviene del griego apous que significa sin pies, haciendo referencia al mito griego sobre los pájaros que parecían no tener patas durante el vuelo. En la mitología griega, esta constelación representaba varios cisnes legendarios -Zeus se disfrazó de ese esbelto animal para seducir a Leda-, de la que según una versión, nació Helena de Troya. 

También vemos el nombre de Cygnus, junto a otras constelaciones del signo zodiacal de Sagitario (en concreto Lyra y Aquila, junto al propio Sagitario según la astrología), pudiendo tener un papel significativo en el origen del mito de los Pájaros del Estínfalo, uno de los doce trabajos de Hércules que, como podemos comprobar, retumban en el trabajo de la neoyorquina como si se tratara de un mapa cosmológico de parábolas y leyendas. 

Es patente el interés de Leah Yerpe por sugerir espacios simbólicos desde la quietud del pensamiento ancestral. Una fenomenología que encuentro muy atractiva y consolida, desde algún punto de vista, el carácter evocador de un trabajo soberbio en la ejecución, poniendo en manifiesto las tropelías de los artistas por engañar la capacidad del publico, no sólo en la contemplación y reflexión, sino también en el juicio intelectual que muchos han de hacer, puesto que el manual del arte contemporáneo nos invita, muchas veces, a hacer unos oportunos deberes que nos ayuden a comprender la magnitud de los hechos. 
Esas claves, sean desde los mitos y las creencias antropológicas, no dejan de ser la metáfora de una postura ante la creación y, también, la encarnación de una respuesta exenta de antojos arbitrarios: coherencia, que dirían algunos, o simplemente un estilo de vida.

Texto escrito por Marcos Fernández para Clone Magazine en el año 2013. 

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