Luces, cámaras y acción (vanidad y misantropía en el arte)

La palabra exilio suele tener unas connotaciones un tanto malsonantes, no por la crudeza de las distintas añadiduras que sufre la semántica con el paso de los años, sino porque supone una expatriación -más moral que física- donde el exiliado se siente marginalmente fuera de lugar.
Estar fuera de contexto es una sensación muy común cuando la falta de confianza, así como la inseguridad, se apoderan de ciertos sujetos en ciertos foros, arrancando cualquier posibilidad de respuesta natural por parte de esos que acaban incomodándonos.
Ese otro término que, puede ayudar a solapar las dudas del buen comportamiento, es denominado carisma y puede atesorar los simpáticos impulsos por mimetizarse en un entorno hostil o, simplemente, hacer posible un grado de empatía necesario -como parte del combustible cotidiano- en nuestras relaciones sociales, más allá del click del ratón.

La idea sobre la que quiero hablar, en este conflicto verborreico, tiene la intención de profundizar sobre esas cosas relacionadas con la fenomenología de los encuentros, la risa fácil y el dejarse ver, lógicamente, desde el cómico observatorio del patio de vecinos artístico.
Me interesa puntualizar algo sobre unas cuestiones que pasan por mi cabeza en este mes protagonizado por ferias, projectrooms, estrenos, primicias y demás esporas, ramificadas a modo de red neuronal, en el que los paralelismos por contagio directo, caen directamente sobre las cabezas más alienadas, y seguras, de estar haciendo un pleno sobre un monolito cimentado insondablemente.

No puedo evitar pensar alrededor del protagonismo del hecho artístico, elemento que aúna los placeres de la experiencia artística -respecto a la utilidad de la emoción- como objeto imprescindible, y la posición del creador como eje cardinal del enmarañado mundo del Arte Contemporáneo. Me pregunto, a estas alturas de campeonato: ¿es realmente excluible la presencia del artista?
Desde tiempos inmemoriales, la figura icónica del creador estuvo arropada por un parangón inmejorable y, en más o menos medida, refugiado no sólo tras la imagen de los poderoso, sino también en la del titán caprichoso, pensador juguetón o, incluso, outsider. Levi-Strauss, en su obra El totetismo en la actualidad, pone en manifiesto la idea de que el orden intelectual responde como una representación proyectada, muy alejada de la visión arcaica o remota, cubriendo una parcela de verdad y de ilusión. Ésta ha de tratarse, digo yo, como un particular modo de advertencia cuya realidad se reduce a un complejo sistema de prácticas. 
Entender esta perspectiva, altera la parsimonia en las que flotan muchas almas, sobre todo las perdidas, que lanzan balones de indiferencia -o enemistad, según se mire- provocando un debate entre normalidad y ridiculez. Asumo que la profesionalidad del entorno parte de un cardiograma estable, pero hemos de decir sin tapujos que el panorama de arte actual no deja de ser un cajón desastre de frivolidades y despotismos, al servicio de una bagatela prosaica que, pone en manifiesto, la falta de rigor crítico.
Por eso nos encontramos muchas escalas, a veces demasiadas, que son fáciles de soslayar porque tenemos el mismo plano horizontal bajo nuestros pies donde, la altivez de la mirada, se convierte en un nuevo enemigo.

Mis cafés vespertinos, suelen llevar el aromático titular de que el arte debe producir relaciones con el mundo, como bien afirmaba Nicolas Bourriaud, para que la ecuación creador-obra-espectador tenga un resultado de variables más o menos exactas. En el mismo sentido, pero quizás de forma más categórica, John Hospers considera que el arte no está hecho para ser adorno de paredes o de mesas, sino para ser un objeto de reflexión y contemplación, procurando que la máxima preocupación de sus indicios sean místicos o mistéricos. Bajo estas suposiciones, no logro entender las causas del desasosiego social que sufre muchas veces la profesionalidad del arte. Una que supura, de forma crónica, un alzamiento preocupado por fingir un estatus imposible, un estatus sitiado en la lógica de trepar sin cuerdas y sin piolet, esperando que la caída sea confortablemente creíble sobre el diván de las causas perdidas.

Somos conscientes de que la competencia artística nos hace, cada vez más, personificar el concepto de ave de rapiña como fábula de moraleja indeterminada, deshumanizando la importancia del hecho artístico para favorecer a una larga lista de intereses impuestos, una lista abominable que sonroja la aparente pulcritud de esos trajes de domingo que sólo desempolvamos para las inauguraciones, para cumplir de alguna forma esas leyes no escritas de un medio en paulatina decadencia.
Por ello, no se nos puede acusar de mantenernos refugiados en una torre de marfil delicada -porque los paréntesis de necedad son necesarios- bajo una perspectiva de misantropía uraña que ya la literatura tuvo el pacer de presentar con la sátira como parodia humana. Molière, en su obra El misántropo, lo describe desde la comedia y, William S. Gilbert, desde la burla, para esbozar un hecho que filosóficamente siempre ha estado presente.
Beckett afirmaba que: El infierno debe de ser como [...] recordar los buenos tiempos pasados, cuando deseábamos estar muertos. Un alegato desesperado y amable comparado con la desolada reputación de Arthur Schopenhauer que aseguraba que el ser humano debe ser una especie de error. Un estilo que, sin duda, no me ampara aunque me interese.
Por otro lado, sin poderse considerar una adopción propiamente misantrópica, resulta interesante observar la posición establecida por el filósofo español José Ortega y Gasset respecto a esta idea. En el prólogo para la edición francesa de su célebre obra titulada 'La rebelión de las masas', abiertamente declara: Que no me he dirigido jamás a la humanidad. Esta costumbre de hablar a la humanidad, que es la forma más sublime y, por lo tanto, más despreciable de la democracia, fue adoptada hacia 1750 por intelectuales descarriados, ignorantes de sus propios límites, y que siendo, por su oficio, los hombres del decir, del logos, han usado de él sin respeto ni precauciones, sin darse cuenta de que la palabra es un sacramento de muy delicada administración.
Tal situacionismo nos hace responsable de muchas de las tropelías de las que nos gusta participar, imponiéndose el áspero credo de un racionalismo superlativo y, en muchos casos, deshonroso para los pusilánimes.

En épocas de exilio, la movilidad es una necesidad casi obligada aunque nos disguste, así que procuremos no deshacer las maletas, si es que disponemos de un lugar para hacerlo, por si acaso. Y, si por alguna razón, el nomadismo impuesto nos satisface, intenten disfrutar de él porque no sabemos cuánto podrá durar la audacia. Para contrarrestar esto, en la actualidad podemos regocijarnos con todo tipo de opciones como el turismo cultural/artístico, las residencias de producción, las gestiones de ultramar o la visita a exposiciones internacionales, al menos una vez en la vida puesto que el periplo a la Meca debe ultimarse en algún momento, con una equipación compuesta de gafas de pasta y zapatillas de colores, para que el disfraz de cinismo sea lo más auténtico posible.
Prefiero, desde el sosiego de un mullido sofá, leer un buen ensayo o una buena novela de algún fetiche beat, escuchar un disco de Cannoball Adderly (que lo estoy escuchando ahora mismo) y ver cine. Pero cine del bueno, sin alfombra roja, ni palomitas, uno que deje clavado entre las blanduras del asiento y mantenga nuestro inteligencia y nuestra mirada en tensión.
Éste es el gran fallo: abandonar la idea sublime de la experiencia estética; poner en práctica, por ingenuidad real o simulada, un sentido de notoriedad inoportuna; o dejarse ver como sustituto de una vida intelectualmente natural, propia del alboroto de un funámbulo sobre una cuerda fina y poco recia porque, en el arte actual, es más importante saber bien a quién conoces y cuál es tu cartera de conveniencias antes que lustrar, con una buena capa de barniz danmar, la última superficie de la obra (algo que distingo como un síntoma de oportunismo y de despreocupación crítica, por sobrevalorar el acceso y la inserción a unos foros que parten precisamente de un origen dudoso, abordando un juicio pionero que finalmente redunda en la epigonia).

Intento organizar estas ideas a través de la experiencia personal, esa que es propia, ajena y muchas veces necia, pues ésta no deja de ser un reflejo instantáneo de un anecdotario perpetuo que, tiende a repetirse, cíclicamente como una sinfonía seriada y casi mántrica, con mis absolutos respetos a Steve Reich.
En este medio tan enrarecido, así como muchos otros, la honradez y las buenas prácticas deberían de ser un todo colectivo y transparente que nos ayudase a aprender y que, quizás, nos obligaría a desnudar toda o parcialmente nuestra estupidez por si en algún momento pasa indiferente, evitando manifestar el tópico de que los tontos nacen y se hacen aunque cada vez más común sea la vocación tardía.

Texto escrito por Marcos Fernández para DOZE Magazine en el año 2013.

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