El horror como belleza

Desde hace mucho tiempo, fantaseo con la imaginaria crueldad de un mundo sumido en el absoluto apocalipsis. Ese que deroga todas las posibilidades de supervivencia de los compasivos a los estrategas más implacables y calculadores, donde el nuevo sometimiento pasa por entender un statu quo imposible y, donde el alcance viral de las consecuencias, elimina los convencionales conceptos de bienestar en los que hemos sido adoctrinados.
Esta sensación, porque es lo que es, parece extraída de una pesadilla trasnochada que ilumina, con pesadumbre, la entreabierta mirada de un molesto despertar. 

En los últimos años, hemos podido comprobar como un aluvión de metáforas del desastre se asoman a través de distintos medios: el cine, las artes visuales, el mundo del cómic, series de televisión, etcétera. Desde algunos prismas -la mayoría de ellos un tanto ortodoxos-, la crueldad apuntala la inminencia de la depuración social, como si se tratara de un bien útil, o dignamente justo, a modo de llamada de atención que intenta sustraer un principio pedagógico obsoleto. Por eso, la historia se repite constantemente y, desde un punto de vista platónico, esos ecos cada vez son más nítidos y deformadamente perversos. 

Nietzsche, en su bálsamo ideológico llamado El nacimiento de la tragedia, alude tácitamente al origen de un engendro moderno llamado liberalismo, como intento de arrojar luz sobre algo patológicamente insostenible. Platón y sus principios describen acertadamente las posibilidades que, a través del derivado mundo de las ideas, proponen unas tesis altamente controvertidas, que parten del credo antidemócrata y aristocrático como sistema total. Un sistema que se sostiene entre el dogma y la fe tripartita, como crédulamente argumentaban Plótino o San Agustín, sin advertir que, por encima de todo eso, existe un ser humano expectante y fácil de persuadir, sin que otras trabas sean una necesidad indispensable.
El arte, en cualquiera de sus disciplinas, acaba sospechando. No es la primera vez que utilizo esta idea para referirme a algún lugar sensible que es capaz de manifestarse con propiedad, después de analizar los sucesos que nos brinda nuestro entorno.

En el mundo del cine encontramos multitud de referencias que posiblemente nos hagan levantar la ceja, no sé si de espanto o de presunción, pero desde luego con la holgura suficiente como para que se nos deleite desde un punto de vista estético, e incluso, ético. Andréi Tarkoski o Lars von Trier proponen una manera muy particular de entender la metáfora del fin con gran crudeza discursiva. Sus filmes Sacrificio o Melancolía, respectivamente, se antojan ambiguos pero altamente estimulantes por la inercia implícita que sostienen ambos conceptos: la belleza desde la catástrofe. Walter Benjamin lo anunciaba afirmando que todo documento de cultura es un documento de barbarie justificando, de algún modo, que el arte convierte la tragedia en espectáculo. La visión es, sin duda, para ser escépticos y, sin querer insistir demasiado, una remota parte de nosotros mismos coincide en que nos lo merecemos.

Jan Manski aglutina el juicio del horror con la meticulosidad hostil del color rosa -y cierta ternura desconcertante- encapsulando la afecciones contemporáneas de una forma sofisticada, hasta poder erguirlas al abecé de lo grotesco que es, en definitiva, de lo que queríamos hablar en esta alternancia de palabras.
Desde los nuevos modos de entender la belleza contemporánea hasta los hitos de la satisfacción hedonista por antonomasia, existe un reguero de condicionantes que nos ayudan a sostener un sobrecogedor credo cada vez más prolífico: la fealdad como tal; el abigarrado mundo kitsch; la enfermedad y sus malformaciones; la mutilación intencionada en conflictos armados; los accidentes de tráfico; un experimento científico malogrado; la infección global; una película de John Waters o David Cronenberg; el hombre elefante; lo demoníaco como representación clásica del mal; etcétera. Y entre muchas de las determinaciones que podamos apuntar, es en Onania (último concepto desarrollado por el polaco Manski) donde el cruel hedonismo se pone en manifiesto con la elegancia y finura de un taxidermista compulsivo, a través de la lógica de esas referencias que apuntábamos al principio: la visión epicúrea del placer racional o la vertiente utilitarista británica del siglo XIX. Ambas corresponden a un decálogo tipificado casi normativamente: todos los seres humanos nacen con la posibilidad de experimentar placer; el placer no es bueno ni malo, simplemente existe; lo bueno o lo malo del placer reside en cómo se busca y hasta dónde llega; todos los extremos son inconvenientes, el exceso de placer se convierte en vicio; el placer no es solamente la gratificación sensual o sexual; existen placeres que a la postre traen infelicidad, insatisfacción o contratiempos, como la popularidad o la fama; el mayor placer para la especie humana debe girar en torno al servicio a los demás; si se aprende a distinguir verdaderamente lo que es placer, se vivirán muchos momentos de bienestar.

Estas ideas se revisan a través de la felicidad como afirmación del ser, a la que me gusta otorgarle un sentido más actual: la tristeza como negación del ser -a modo de conmutación repulsiva de la micosis global que supone el placer del consumo o el consumo del placer- que, desde las tesis liberales de las que hablábamos al principio, no deja de ser una monstruosidad deforme invitando a pensar en una nueva limpieza o zaranda (como Malthus especifica en su Principio de población) de dimensiones incontroladas.

Esta nueva plaga medieval se disfraza de orgía autosuficiente que, por su propia naturaleza endogámica y en ese elocuente mundo del prêt-à-porter del placer, acaba decrépita, abyecta y con una fragancia post mortem muy atractiva. Ese punto de partida podemos observarlo con Onanizer: un objeto sugerido para el placer, sometidamente perfecto, a través de su adecuado consumo, y que se establece como el argumento principal del sentido de la deformación humana y la desfiguración del placer. Este panorama, sin duda, evidencia la controvertida legitimidad del enviroment propuesto que, con la conformidad de un microcosmos, se nutre del sustento de la grasa humana (adquirida en centros de liposucción), el látex o el acetato de vinilo, difuminando las siniestras fronteras que se repiten de forma atávica. Esta compulsión ve una salida, casi estupefacta, desde los soportes a los que el artista encadena sus objetivos -fotografía, vídeo y escultura- con un modelo de asepsia incorruptiblemente clínica, tan fría, que incomoda a la mirada más vehemente (esos maniquís atrezados con brillantez que se transforman en monstruos deformes, localizan las posibilidades de un exorcismo tan espontáneo como provocado).

Me es inevitable aludir a las metáforas del horror cósmico propuestas por el controvertido estadounidense Howard Phillips Lovecraft, donde sus ideas sobre lo sobrenatural inspiran de algún modo al concepto que tenemos sobre el desastre desde la parsimonia occidental.

En ese sentido, Onania se inspira en las consecuencias del consumismo narcisista actual, como una yuxtaposición irónica del arte en contraposición al culto de la moda. El propio autor define su discurso como un apocalipsis futurista, donde la idolatría a la belleza desemboca en el retorno de lo reprimido. Possesia, serie desarrollada con anterioridad, puede considerarse más que una visión primaria del pasado, ya que el empleo de materiales orgánicos y la rotunda evocación pagana, lo posicionan en el limbo medieval del pecado y en el castigo como plaga patológicamente bíblica. La inspiración detrás de Possesia es el mundo del ritual oculto, en la que la enfermedad puede tratarse como un esquema más amplio y que, en Onania, queda polarizada en la contradictoria simbiosis entre la gloria y la terribilidad. 

La fantasía perversa -a la que Jacques Lacan aludía constantemente- no es una buena balanza para justificar el sometimiento del inconsciente y los lastres del yo, argumentos que ponen en manifiesto que el horror y la fealdad son cuestiones ancestrales y primitivas, registradas en nuestros cromosomas como si se tratara de Tánatos en la mitología griega o como si definiera, de algún modo, la pulsión del esperpento en el mundo contemporáneo. Un esperpento que es definido como la búsqueda que nos conduce al patetismo y nos enfunda, irreversiblemente, en una posmoderna máscara social y es ahí donde surgen los monstruos, las hibridaciones y el trágico complejo de frivolidad, teñidas por un color rosa rebosante de sarcasmo y preparadas para su consumo en el carnaval de las vanidades perfecto.

Texto escrito para DOZE Magazine en el año 2012.

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