Carine Brancowitz y el bolígrafo

Durante una noche reciente con más o menos desdicha surgió, entre la espuma carbónica de unas cervezas y el confortable olor de una croquetas de jamón, un comentario que invitaba al acotamiento generacional del uso de los objetos, su descontextualización y su conveniencia. La pareja con la que hablaba, suscitó un dietario que sólo unos privilegiados pudieron disfrutar como metáfora del ahorro energético. Se referían al pendular y concéntrico movimiento de un bolígrafo para rebobinar esas cintas magnéticas de dióxido de cromo o de óxido hierro, que nos ayudaban a perpetuar la aletargada vida de las baterías del walkman.

Precisamente, el bolígrafo es unos de los protagonistas de las intenciones representativas de la artista francesa de la que voy a hablar a continuación que, insertada en la ilustración y otros devaneos gráficos, nos ofrece una sugerente atmósfera de relatos cercanos a través de la imagen atávica, la crónica intimista, el icono lúcido y la figuración, en algunos momentos, envolvente. Envolvente hasta el punto en el que regreso a coincidir con creadores que tienen cierta tendencia a someter al ojo al extremo retínico, con la ceremonia formal del pelo y cabellos como excusa de idealización. Me refiero a Gabriel Moreno, del que hablé la última vez por estas latitudes, o incluso de Rosh, ilicitano que a partir del muro y demás soportes, también esboza su particular interés por eso que a algunos nos falta sobre la cabeza.

Me es inevitable trazar una brecha sobre la obra de ese jienense llamado Juan Francisco Casas, artista que tuvo el placer de pasar por las páginas de Clone y que ha elevado, al grado de talismán, la utilización de un procedimiento poco ortodoxo en el arte contemporáneo: la tinta de bolígrafo a través del Bic Naranja que, como todos sabemos, escribe fino a parte de rebobinar. 
En otra dirección, no puedo eludir el trabajo del artista Jorge Pineda cuya mano, también se ha deleitado por el tacto del plástico de la estilográfica pudiendo observar cómo, el actual trabajo del dominicano, se ha centrado en casi una exclusiva utilización de este método.

Editoriales como The Guardian o Elle, entre otras muchas, y estandartes corporativos como Converse, Nokia, DC Comics, y por supuesto Bic, han sido de los catalizadores que han hecho que las creaciones de la francesa tengan una visibilidad pública enorme. Galerías como Espace Marie Cini o Images de Fer, ambas en París, han exhibido sus formatos en los últimos años, mostrando la capacidad que tiene la artista para recuperar el latido de la línea y de la trama visual hasta un grado de objetividad -y pulso expresivo definido- muy estilística y depurada en el tratamiento de los contenidos.

Llama la atención los constantes flirteos con la idea de objeto donde aparecen, en conjunción con la espontaneidad de la imagen, elementos que remiten a lo popular y a lo medíáticamente familiar, a través de cierto refinamiento simbólico y del sometimiento cromático del Bic cuatro colores, que dejan expuestas las intenciones por la simplificación del espacio y los campos cromáticos. Sorprende, sin ningún tipo de acritud, las constantes alusiones -sobre arte o literatura- y las posibles afinidades personales que transcienden hasta inciertas prerrogativas despejando, de algún modo, el carácter críptico de muchos de sus personajes que se antojan en poses poco convencionales y en situaciones un tanto ensimismadas. Por eso considero que esa tinta tendida a modo de hilo, habla del dibujo a través de lo directo y de cuestiones que adoptan una dirección menos superficial de lo que pensaba (he de decir que me gusta ver nombres como el de Jacques Derrida o una insinuación al futurismo italiano, a manera de expectativas arcanas, en el interior de sus papeles), como forma de entender lo inmediato a cámara rápida y los hechos en slow motion.

Presuponemos que Brancowitz inmortaliza, mediante la instantánea fotográfica, lo que después será personificado a la condición de ídolos lacónicos, donde la intervención se apodera de la ingenuidad de unos acontecimientos que, caducos en su propósito, se viran perennes desde la fábula de su propio anecdotario personal.

Siempre me he sentido un completo admirador del dibujo, a la que considero una disciplina totalmente autónoma, por todos los componentes implícitos que posee y por todo el alcance plástico que es capaz de insinuar ya que, desde la codificación de la imagen, la sensación está por encima de su propia presencia, revelando y haciendo visible lo que no se deja admirar fácilmente.

Texto escrito para Clone Magazine en el año 2013.

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