Salustiano in black

Salustiano: nombre masculino que etimológicamente se traduce del latín como sano, saludable o aquel con una vida saludable.

No soy muy consciente de cuál es estado de forma actual de este singular artista pero, de lo que si estamos seguros, es que se trata de un autor que abandera, de forma muy particular, ese término tan auspiciado -y en cierto modo tutelado- por el arte contemporáneo actual llamado éxito.
Esta locución nos invita a ser escépticos ya que debería aclarar qué acepciones, y no precisamente semánticas, rodean a este caprichoso sustantivo, que se ha convertido en el objeto de deseo de muchos, y en el irónico resultado de ese otro problema conceptual denominado ambición.
El éxito es algo tan relativo que hace posicionarnos en distancias con sabor a humildad y paciencia, en un banquete donde sobran cubiertos y unos postres que nunca llegan, por eso puedo considerar que el bagaje internacional del sevillano es una evidencia palpable de que el trabajo da la razón al incansable y a los que saben tomar riesgos, bajo la futura prerrogativa del paso del tiempo.

Salustiano impulsa su obra desde las similitudes clásicas más palpables dentro de las muchas derivaciones que existen, actualmente, dentro de ese gran campo semántico del realismo o figuración. Una obra que fue pretérita compañera infatigable de ciertas maneras expresionistas -viscerales y racionales- a través de las incógnitas del subconsciente, sin dejar de lado una pátina honestamente humorística y proponiendo una línea de trabajo entre el barroco y la quietud estilísticamente académica.

Fue a través de esos descubrimientos cuando irrumpió, de forma necesaria, la limpieza que transformó el completo ideario de un pintor de destreza pictórica envidiable. Y, es ahí, donde aparece el artista que conozco bajo ese llamativo nombre que, desde la coherencia, ha sabido posicionar su trabajo en cualquier rincón del mundo, recogiendo los frutos maduros de esas cosas a las que nos referíamos al principio de estas líneas.

Hablar, en este caso escribir, de Salustiano es hablar del color rojo, color que parte de una indiscutible inmanencia italiana, del Renacimiento y de la parsimonia psicológica, como prueba empírica de lo que se ha visto. Esta es unas de las facetas más interesantes del artista sevillano que traducen, en gran parte, la majestuosa tesis del porqué de su pintura.
Ésta surge del enfrentamiento óptico y retínico más común, como sintomatología realista, atravesando esos lugares donde el equilibrio es protagonista y donde las composiciones se antojan perfectas. Si observamos las capas, no pictóricas, descubrimos un entramado -casi cartesiano- donde el ordenamiento del espacio ocupa un lugar tan aparente como inusual, abocado a la superficie áurea, a la derogación de la perspectiva y a la anexión de la figura con el fondo desde el contraste más absoluto, un contraste que separa los planos por complementariedad y somete la visión a un umbral de vibraciones constantes.

Lo que más me atrae de este universo cálido, donde resbalan sutilmente unas frías gotas de incógnitas, es el silenciamiento de un espacio narrativo que, cifra una sucesión de sensaciones, a modo de cábalas y sospechas extraordinarias, provocando el estatismo desde la observación. Me es inevitable exhumar, desde ese cementerio hipocorístico personal llamado memoria, las primeras experiencias estéticas que tuve cuando me enfrenté, por primera vez, a un lienzo de Salustiano que terminó acaparando toda mi atención y me ayudó a delirar sin cargos extras. Esta me sobrecogió gratamente cayendo fácilmente en la sugestiva red de planteamientos más allá del preciosismo y el naturalismo más vectorial.

En otra latitud, este trabajo comparte otras cuestiones que pueden desconcertar a la mirada más hábil. Lo podemos ver cuando en esos planimétricos fondos aparecen unos signos grafiados en otras lenguas, cuando algunos de sus personajes portan algún objeto aparentemente descontextualizado o cuando surge, de la atmósfera monocromática, algún animal etéreo. Direcciones que, supongo, recorren los lugares de una deliberación más remota, e incluso ambigua, como declaración de unos intereses elevados y, por supuesto, poco convencionales.
La quietud expansiva, de la que hemos estado hablando, se cruza con la psicología de los que han gozado el privilegio de ser retratados, casi a modo de performance, donde puedo reconocer vagamente algún rostro. Esa languidez enmudece aún más el acotamiento de las dimensiones del cuadro supeditado al protagonismo del prósopon (carácter o máscara en el teatro griego) y a la referencia unitaria de lo que está pasando. Por eso, la antesala de intimad que se crea es fundamental para enfrentarse con gratitud a la obra de Salustiano, no sólo por la proximidad que se crea, sino porque sus retratados lo desean.

La últimas noticias que he tenido sobre los hallazgos del sevillano inciden directamente sobre su pigmento fetiche: el color rojo. Sin querer redundar en la árida idea de la autoinvención, el nuevo talismán cromático irónicamente se transforma en la anulación del propio color -o anulación de la luz- dejando paso a esa nueva versión de uno mismo a través del negro, con una poética que sutilmente discurre sobre la violencia -por la aparición de armas blancas, armas de fuego y el brillante cuero o látex como atavíos- ahondando, aún más, en los extraños presagios de una obra enigmática per se. Esta nueva forma de entender el negro ha podido verse actualmente en Art Karlsruhe, a través la galería alemana Frank Pages Galerie, o en una de sus últimas individuales denominada Salustiano Black Collection, expuesta en la galería Kavachnina Contemporary de Miami.

La reposición de otros tonos en la paleta responde al ideal de laboratorio que revoluciona las formas e incluso la metodología, algo que no nos sorprende, puesto que las novedades en ese sentido ya fueron noticia. Si tiramos de hemeroteca, comprobamos que Salustiano ya declaró su personal insumisión al rojo antaño, donde sus figuras se vuelven a desnudar al clasicismo de otrora desde una pátina fría y azulada circunscritas en tondos, siguiendo la senda del proselitismo amoroso que nos mostró un año antes, en el 2003, en su itinerante exposición llamada ¿Me quieres?.

Estas breves reflexiones que hago sobre las incógnitas y la belleza de la obra de Salustiano, me han permitido a hacer turismo por unas cotas casi olvidadas, alojadas en alguna parte de mi memoria emocional (esa que reside en el hipocampo) con el agradecimiento y el regocijo de obtener unos jugosos acervos que no caben en el bolsillo porque, no hablamos de salud valedera, hablamos de salud artística. Una salud artística que reclamaba la malograda Louise Bourgeois como una garantía de salubridad mental, un seguro que es el que legitima sin duda alguna el poder tener una vida saludable o, en latín, una sanus vita.

Texto escrito por Marcos Fernández para Clone Magazine en 2012.

TE PUEDE INTERESAR

Ensayo y análisis de Anticristo de Lars von Trier

Las invasiones bárbaras

Conocimiento y aprendizaje (notas sobre las ideas de Elliot W. Eisner)