Caprichos y arquitectura en Sevilla

La capital hispalense, en los últimos años, está luciendo nueva piel. Una epidermis salpicada de controversia y polémicas que alude directamente a esos que, desde el podium de la inutilidad, golpean férreamente sobre una mesa de despropósitos.
Hemos de remontarnos muy atrás para valorar con precisión las causas y consecuencias -para establecer un decálogo de fenómenos que aporten una dirección verosímil- como si se tratara de la Tercera Ley de Newton donde toda acción supone una reacción.

Me gusta, aunque también me disgusta, definir esta metrópolis como la ciudad de los caprichos. Unos que van más allá de la retórica ciudadana y que suele enfrascarse en las habladurías de la necedad política más desdichada, virulenta y hasta conflictiva.
Podemos acudir al tópico de que somos el fruto de una reprensentación democrática obsoleta, como sinónimo, e incluso reflejo, de lo que se merece esa mayoría silenciada tras el paso del huracán del sufragio universal para, darnos cuenta, de que la sospecha es la mejor arma para cuestionar a esos que perdieron el sentido común en el hoyo especulatorio más profundo.

La historia, por lo menos la que consideramos oficial, tiende a ser justa como prueba y evidencia de las experiencias que deben o no repetirse. En Sevilla, se han perdido muchas oportunidades para hacer de la ciudad un emblema basado en la monumentalidad y en el buen gusto que, por circunstancias que desconocemos -y preferimos que sea así- han terminado por desembocar en el pastiche moribundo del corta y pega.

El debate está nuevamente abierto por la intromisión de dos nuevos forasteros arquitectónicos: el Metropol Parasol del alemán Jürgen Mayer y la Torre Pelli (o Torre Cajasol, entidad bancaria recientemente absorbida por La Caixa) del argentino César Pelli. Estos han subido directamente a la palestra de las dudas, muchas de ellas razonables, sin que haya un denominador común claro sobre lo que entendemos por una nueva realidad urbanística, por eso desde hace casi un siglo, la ciudad del Guadalquivir ha gozado de unas transformaciones un tanto temerarias: desde el más rancio pragmatismo hasta alguna bondad en proceso de simbiosis. 

Cierto es, que el modelo urbanístico ilustrado de Centroeuropa, basado en unas tesis de reordenamiento clásico, son difíciles de adecuar a un dibujo obsoleto, tan aprisionado y compacto, como es el del Casco Antiguo de la antigua Isbilia árabe-mudejar. Muchas soluciones, para evitar el colapso, esbozaron un modelo de expropiaciones y ensanchamientos que dejaron paso a un nuevo tipo de construcción barata, consolidado más por el paso de los años que por su propia integración. Esas novedades convierten en un suspiro, casi sin importancia, el modelo de añadidura de los Siglos XV y XVI, para dejar paso a la servidumbre de los intereses del Siglo XIX y XX. 

Las tesis afrancesadas de José Bonaparte intentan modernizar el perímetro para facilitar el acceso al centro, derribándose (a partir de 1868 y con la llegada del Sexenio Democrático) la gran muralla medieval, casi en su totalidad, para redondear la expansión de la nuevas avenidas extramuros, y para ver como los novecentistas de la Exposición Iberoamericana de 1929 dejaban un legado impecable de posibilidades aún visibles, a pesar de los garrotazos o malas prácticas de conservación a posteriori. A partir de ahí, los raros propósitos se alternan creando un palimpsesto terrible bajo la mano del racionalismo más vulgar que no desdeña la generosa labor que, en algunos remotos lugares, se vieron alzadas gracias a los nuevos discursos impuestos por la arrolladora presencia de José Galnares Sagastizábal, con un hábil eclecticismo como reclamo, de Gabriel Lupiáñez con su propuesta de Ciudad Funcional o de Juan Talavera y Heredia que supo definir perfectamente cómo construir desde la herencia ornamental modernista.

Los problemas surgen en otra dirección, cuando los derribos por el bien común dejan a un lado los cadáveres de la mala gestión como el Palacio de los Sánchez-Dalp (donde hay ahora un Corte Inglés), el Palacio de los Cavalieri o el Instituto de Higiene del Dr. Murga, que fueron hitos monumentales desaparecidos a favor de una inopia utilitariamente grotesca, consolidando un registro repetitivo que, terminó por desplazarse por todo el centro de la ciudad, sustituyendo fachadas y el perfil de calles en toda su extensión.

Un paradigma actual, que ha llenado de tinta muchas plumas, son los derroteros de esa famosa exposición universal acaecida en Sevilla allá por el año 1992. Un cajón desastre de nueva arquitectura que se amparaba en unas las modernizaciones más osadas de los últimos cincuenta años, bajo la premura de la evolución o la limpieza de unas precariedades vergonzosamente mimetizadas (en un entorno que miraba hacia el lado menos agraciado, bajo un suspiro irreparable y un irónico anhelo de preocupación). Finalmente, todo ese engalanamiento sirvió para llenar la necesaria bolsa del turismo y hacer de lo efímero un credo dogmático como abanderado de lo provisional y de cómo, muchas veces, perdemos la idea de lo que pudo ser una gran metrópolis.

He de puntualizar un detalle. El otro día dando un paseo desde el Monasterio de la Cartuja, sede del CAAC, después de ver gustosamente el concierto de un saxofonista ruso, pude admirar con sosiego una panorámica del margen del río, donde podía observar una escena sencillamente espectacular: la Torre Pelli, en construcción, junto a la Torre Schindler, al antiguo Pabellón de la Navegación y el Puente de Chapina, maquillados por el peso de la noche y, a medida que alargaba la panorámica, me encontraba visualmente con los puentes de la Barqueta y del Alamillo, el auditorio, el Cohete Ariane 4 (de la Agencia Espacial Europea) y la sombra vaga de algún que superviviente arquitectónico de ese fracaso de parque empresarial/tecnológico llamado Cartuja 93.
Me encantó ser protagonista de esa situación y, por unos instantes, dudé del porqué y del cómo de todo a lo que me refería con anterioridad en este texto.

Como decía unos párrafos antes, los dos nuevos intrusos, ante toda esa elevación de la nueva arquitectura -y los reproches de la UNESCO- son unos invitados idóneos para completar una velada de firmas neofaraónicas y rúbricas astronómicas, siendo ahí realmente donde surge el enfrentamiento. Por eso, muchas veces no termino de entender, que el deporte por antonomasia de unos sea llevarse las manos a la cabeza a la mínima oportunidad, hasta el extremo de eludir todas la problemáticas de antaño sin que terminen de calar en el consciente colectivo. Esto podemos tomarlo como una postura de simple indiferencia, o por una completa falta de responsabilidad ciudadana, que falsifica las posibilidades y no ayudan a calibrar las magnitudes de los hechos.

Así, las iniciativas de recuperación más palpables, a través de la conversión cultural de antiguos espacios, etcétera, sufren el camino del éxodo hacia el limbo de la nada, hacia el eterno gasto inútil e, incluso, hacia el lavadero de conciencias.

Las dinámicas de reflexión sobre las políticas urbanísticas son las que han de centrar el criterio, a través de los diferentes planes de ordenación, sin caer en la premura fácil de las tensiones electorales y del circo político. En ciertos contextos, esa ha sido la base argumental para emprender y paralizar sin tener en cuenta el servicio público, que ha de haber detrás y delante, de cada ladrillo superpuesto, evitando el insultivo razonamiento de la tradición, de la contemporaneidad y de los intereses particulares.

Álvaro Siza decía que si se ignora al ser humano, la arquitectura es innecesaria. Un aforismo letal para resumir algunas prácticas actuales, poniendo duramente en manifiesto, que el sueño del arquitecto, sea de la época que sea, siempre se convierte en la pesadilla del ciudadano.

Texto escrito por Marcos Fernández para DOZE Magazine en el año 2012.

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