Una pará en el camino yo no la cambio por ná

El porqué la pintura puede hacernos revisar los anclajes del pasado, y la deriva de las tradiciones, es una pregunta que puede aportarnos ideas para entender los objetos y las consecuencias de esos fenómenos que, por populares y convencionales, persisten a través de la memoria, el espacio y el tiempo.
Lo incrustado, en esa panorámica, ha de tener una visión a posteriori y, por lo cual, un carácter autocrítico más allá de la soberbia chovinista del ignorante.

Manuel León lo pretende con un collage plástico de cromatismos, formas y propósitos que ponen de manifiesto un irónico encuentro entre tradición y modernidad -por necesidades paralelas-, ya que éstas disfrutan de un punto de inflexión al que agarrase, haciéndonos pensar en la dúctil figura imposible del arquetípico señorito sevillano que se ríe de sí mismo.

Lo que socialmente entendemos como asumido por la mayoría es la preocupación que el artista quiere hacernos entender con el sarcasmo suficiente y sin halagos pero, acariciando la artimaña o la hilaridad, con un sentido diacrónico que soporte el peso de nuestro propio leiv motiv.

La reflexión báquica de cómo se han asentado los presupuestos de la cultura popular y cotidiana nos devuelve a una imagen dieciochesca, a medio camino entre la égloga y la fábula, de inspiración prerromántica y con puntuales acercamientos a un barroco expansivo y apacible. 

Es ahí donde nos encontramos el hilo conductor entre pincelada y color, peregrinaje y elogio, sátira y desaire, enseres que en este periplo pueden provocar una justificada parada en el camino.

Texto escrito por Marcos Fernández para Artnotes en el año 2010.


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