Vía de la verdad

No es casualidad que el arte sea encubierto -sin renunciar al peso del ego- por manifestaciones que ahondan en uno mismo: para hacer, de la agenda diaria o de la intelectualidad más desorbitada, un enjambre de caducas realidades.

Jabi Machado es un experto de la transfiguración humana y, como pintor de metáforas, un buen exponente de derivaciones que pasan por el filtro de lo comunalmente conocido (y de las tropelías del inconsciente más selecto).
El acto de pintar resulta fácil cuando la sustancia pictórica va más allá de la clásica epidermis de la vieja escuela, donde muchas veces sobran formalidades que atraviesan, como una corriente electroestática, el ritmo objetivo. Este pulso se sostiene gracias a la visión terrenal, y fantástica, de un imaginario de personajes llevados al filo de la caricaturización, el alifafe, la concordia mística y los brotes nerviosos de la cultura popular, que se camuflan a través lo íntimamente sesudo.

Sería consecuente admirar este trabajo desde la distancia contextual, así como desde los logros y precariedades de las manifestaciones pictóricas alemanas -en la casi desgastada escuela de Liepzig- sometidas al desencanto socialista y al anhelo de las masas deseosas de aperturismo o, incluso, desde la vehemencia plástica desarrollada en los últimos años del siglo XIX, por parte de Zuloaga y demás coetáneos levantinos. En ese sentido, cada uno aporta su decálogo de significaciones e importancias, para completar ese discurso que unifica la esencia del trabajo frente a las obsoletas comparativas (es inevitable mencionar lo recurrente si no es a modo de homenaje). Los acercamientos relatan la totalidad de los discursos simplemente por comodidad y por desconocimiento: de ahí que en muchas ocasiones nos encontremos con multitud de analogías que completan los distintos paralelismos y sinonimias.

Beckmann y Grosz(1) (o incluso Neo Rauch) son el lado perverso en oposición a la burla pintoresca y pictórica de Jabi Machado ya que, el espacio creado entre unos y el otro, manifiestan carácter y personalidad, un término en desuso que subyace tras la dictadura del no estilo, en torno al tratamiento de la representación y las distintas capas en la que se encuentra estructurado el hecho artístico.
Este trabajo está lleno de particularidades visibles -y otras no tanto- que son ilustradas a través de engaños, maquillajes y ciertos elementos que aluden a lo que conocemos: un baile folclórico pseudoanimista; una marcha procesional observada desde la rapidez del ojo; el retrato implacable de un torero casi desfigurado; unos futbolistas con atavíos decimonónicos. O cuestiones que, sin duda, nos trasladan a otros estadios del pensamiento: astronautas a través de un relativo cosmos; personajes mutilados que invocan a la nada; paisajes remotos e imposibles que se mezclan con objetos y extrañas máquinas en proceso de presunción filosófica(2). 

Estos son los procesos (casi parmenidescos) que invitan a reflexionar sobre la Vía de la verdad(3), si el inconsciente nos lo permite, para que el flujo creativo establezca su decálogo de sensibilidades a través del todo. Un todo que recupera la atracción -y tradición- por la experiencia pictórica y esos fenómenos que liberan al sentido porque, como indica Bruno LeMieux-Ruibal(4): Lo que se pinta no es la pintura
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(1) Relevantes en cuanto a la idea que tenemos de los neoexpresionistas alemanes -Die eue wilden-, cercanos a la transvanguardia italiana y la figuración libre francesa, que bajo el reconocimiento directo de antecesores clásicos, formulan una nueva forma de entender la figuración a través de la expresión más salvaje o el reduccionismo más puro, sin dejar de legitimar la delicadeza y la finura en el tratamiento pictórico.

(2) Parte de estas ideas fueron mostradas en la sevillana Galería Félix Gómez la pasada primavera.

(3) Tanto la doctrina platónica de las formas como la metafísica aristotélica guardan una deuda incalculable con Vía de la verdad de Parménides. Por esto es por lo que muchos filósofos y filólogos consideran que Parménides es el fundador de la metafísica occidental.

(4) Palabras extraídas de la revista Lápiz en un artículo denominado Lo que se pinta no es la pintur escrito por Bruno LeMieux-Ruibal.

Texto escrito por Marcos Fernández para 967arte en el año 2012.

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