Dragomán. Máscara y sentido (la crisis del sujeto en la sociedad postmoderna)

La ambivalencia es la clave de la estructura carnavalesca al poseer una base filosófica que comprende cuestiones tan ecuménicas como la vida o la muerte, y que posee como árbitro a la hilaridad universal.
Como tal, la risa de carnaval es una de las formas esenciales de la verdad en relación con el mundo. Para Bajtin(1), como para Kristeva(2), la máscara como la risa, se relaciona con la transición, la metamorfosis o la violación de los límites naturales.

En el Obsceno pájaro de la noche(3) de José Donoso, el autor merodea por zonas donde se cuestiona la integridad del hombre, su unicidad, la apariencia de los gestos sociales, en un esfuerzo titánico por sacar a la luz la realidad última de la persona; su carácter mortal, su constante autodestrucción y la preponderancia de las bajas pasiones sobre las apariencias y lo artificial.

Esta obra es una analogía, respecto al trabajo de Aitor Lara, contextualizada dentro de la estética del absurdo, en el sentido del abandono del discurso lógico y un rechazo inevitable del realismo tradicional, lo que redunda en la plasmación de un universo oscuro, marginal y deforme que, mediante otros procedimientos literarios, no saltaría a la vista. Aquí surge la vislumbre de un lugar enmarcado en lo decadente, en lo sórdido, teñido de imágenes obsesivas y grotescas. Un lugar que transforma lo real en un tejido complejo e indeterminado que adquiere tantas identidades como dispongan sus temores y deseos psíquicos, en un viaje que va desde el ser a la nada y de la nada a la soledad. Una soledad contextualizada en una figura metaficcional que envuelve la idea de la continua desaparición de los desposeídos en un mundo en que no encuentran arraigo.

La pugna de poder entre el mundo claro y oscuro, la pérdida del referente de la realidad en el discurso y la carnavalización de la identidades simulan, de algún modo, el enmascaramiento que entreteje esta quimérica fábula de aislamientos y abandonos.
Los paradigmas del mundo visible: que parten de lo luminoso al orden; para generar un hastío de contraposiciones con seres deformes y monstruosos que generalmente encuentran espacios cerrados para no ser vistos en su naturaleza esperpéntica. Ellos actúan como reverso oculto de un mundo institucionalizado en las formas de la clase burguesa, pero se sugiere que son los que sostienen el orden desde la oscuridad. Personajes (cuyas existencias se confunden entre lo humano y lo monstruoso) o máscaras que han sido adquiridas en la relación con el otro, poniendo en manifiesto la igualdad descarnada del ser humano en su condición cruel y denigrante. 
Aquí es cuando ponemos de manifiesto la crisis del sujeto en la sociedad postmoderna como proceso contemporánea de pérdida del sentido y deriva de la memoria. Un sujeto, cuyo pudor es profundo, halla sus destinos y sus más importantes resoluciones en caminos inaccesibles para los demás, por eso, toda mente profunda necesita de una máscara.

La máscara como registro de identidad es un documento, un documento de arraigo y de personalidad y, como todo documento de cultura es, como bien afirmaba Walter Benjamin, un documento de barbarie. 

Todo lo profundo -dice Nietzsche- ama la máscara. Entre otros significados, el vocablo latino persona posee el mismo que el vocablo griego prósopon(4), es decir, máscara. Aquella que cubría el rostro del actor en las representaciones teatrales de la antigua tragedia griega. Con esto podemos señalar que, en sentido originario, una persona puede ser entendida como personaje, como máscara que interpreta un papel. 
Más allá del significado jurídico de la palabra, el ser de los seres humanos puede ser pensado como persona, como prósopon, como máscara.

La realidad misma es una máscara. Lejos de ser una metáfora desgastada, este pensamiento tiene un profundo trasfondo filosófico que hiende su significación en uno de los más preciados valores del discurso occidental: la verdad.
El ser humano se enmascara, y al hacerlo llena de sentido, aunque sea por un momento, el mundo que lo ve enmascararse. Ataviado con expresiones terribles, funestas, patéticas, festivas, solemnes o impúdicas, el ser humano se enfrenta al mundo con su rostro encubierto. Sin embargo, al terminar la fiesta, al guardarse en la intimidad de sí mismo y reposar en la tranquilidad de su soledad, se mira al espejo y se despoja del rostro que lo hizo ser alguien más durante el festejo, encontrando que su verdadero rostro, su persona, su prósopon es su máscara auténticamente intransferible. 

Concebir la verdad de esta forma tiene algo de maravilloso, algo de siniestro, por eso es tan fascinante. Nos acerca al vacío, al abismo que no podemos dejar de mirar y que nos seduce brutalmente. Por eso el mundo se convierte en carnaval, en fiesta, en terrible fiesta del delirio en donde no hay seguridades, sólo el instante intempestivo.

Sólo desde la experiencia radical del abandono, de la orfandad, es desde donde podemos volver a pensar de manera originaria. Sólo desde ahí podemos arrancarnos nuestro malestar cultural. Sólo desde el sueño, que es consciente de que sueña, es posible abandonar los dogmatismos adormecedores. Sólo desde ahí se le puede decir adiós al sentido desde la batuta de una vida impuesta, sólo desde ahí podemos afirmarnos como personas, como máscaras.
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(1) Mijaíl Mijáilovich Bajtín fue un crítico literario, teórico y filósofo del lenguaje soviético. Una de sus obras más influyentes fue La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: el contexto de François Rabelais (1941), donde introducía su idea de la novela como expresión de la cultura popular carnavalesca y bufa, como rechazo de la norma unívoca y de la rigidez de los patrones y estilos literarios, como celebración de la ambivalencia. El discurso carnavalesco, amplio y polifónico, se enfrenta, a su manera de ver, a una visión rígida y estática, de naturaleza aristocrática, de la realidad.

(2) Julia Kristeva, en la actualidad, enseña semiología en la State University de Nueva York y la Universidad París VII Denis Diderot. Su obra, de gran complejidad, se enmarca por lo general en la crítica del estructuralismo (neoestructuralismo y postestructuralismo) con ciertas influencias de Lacan, Levi-Strauss o Foucault.

(3) Obra del chileno José Donoso escrita en 1970.

(4) La voz griega prósopon (προσοπου) designa la máscara con la que el actor cubría su rostro en las representaciones teatrales. El teatro, integrado en la vida colectiva, era para el griego un diálogo permanente consigo mismo. 
Interpretar es el arte de superar lo personal, de fingir ser otros recreando una realidad vivida con conflictos. 
La palabra teatro tiene su origen etimológico en θεάομαι ver, y es el lugar para ver y para verse, a imagen de un ojo colectivo que se dirige al θεός, al dios, a lo luminoso. El ἄνθρωπος es el único ser capaz de verterse hacia la transcendencia ética, estética, religiosa y cultural.

Texto escrito por Marcos Fernández en el año 2010.

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