Comisariar no es colgar cuadros

He tenido la gratificante imprudencia de meter mi sentido olfativo en lugares donde mi pituitaria no se da por satisfecha y, menos aún, agradecida. Dos días después de visitar la Galería Birimbao de Sevilla, mi idea sobre un comisariado -o discurso museológico- son cada vez más categóricas, cuestión que agradezco y me ayuda a vislumbrar, si cabe, el nefasto estado de ánimo de ese género llamado pintura en nuestras latitudes tan circunscritas y herméticas.

Con la ocurrente denominación de Crisis, ayer y hoy (1912-2012), el comisario de la muestra, nos ofrece una selección de pinturas donde abunda la figuración y nuevas recetas realistas(1). El sobrio y elegante montaje no nos ayudan a pasar desapercibida la incertidumbre sobre qué es un comisariado, por qué se comisaria en una galería comercial y qué propósito existe en reunir a una serie de pintores para engalanar la verticalidad de unas blancas paredes.

A priori, nos situamos en la brecha que separa el orden con los objetivos: esa angosta posición que reclama todo nuestro potencial de empirismos intelectuales y, que en base a lo sucedido, queda perpetuada en agua de borrajas(2) y en algún símil popular más, que por respeto, no termina de cuajar.

Diez artistas abanderan el debate planteado por el comisario en torno a la idea de un siglo de crisis(3). Un siglo perpetuado precisamente por la desesperación y el pánico: dos guerras mundiales (y otras tantas); crisis financieras y corporativas; los nuevos colonialismos; fragmentación social e ideológica; superpoblación e inopia(4), etcétera. Un modelo cíclico que se repite siglo tras siglo y que es, en definitiva, una herramienta de depuración de los poderosos y una herramienta de saneamiento terrestre.

Esa trama discursiva, donde los interlocutores son los propios artistas, no facilita una cohesión sobre lo que se quiere decir, porque suponemos que el entramado curatorial es una simple excusa para reunir a una serie de creadores con la intención preservar las posibilidades mercantiles de una galería comercial. En ese sentido, sólo podremos hacer uso de las posibilidades unívocas y unidireccionales que nos ofrece el postrarnos delante de una obra, independientemente de las demás.

Si nos apartamos de estos modus operandi neo-snob, observamos a un interesantísimo Javier Calleja (como bien comenta Fernando Castro Flórez, se trata de un metalingüista convencido disfrazado de rococó subvertido, yo funestamente pensaba que se trataba de un artista conceptual con mirada de halcón peregrino y tentativas de un voyerista inverso) con unas diminutas instalaciones preciosistas que redundan en la idea del arte que habla del arte. A continuación, esbozamos una mueca risueña con un González de la Calle que, autorretratándose a modo de artista multidisciplinar, nos ofrece una serie de pequeños cuadros al borde de la hilaridad y el aspaviento sarcástico, mediante esos nuevos modos de entender la figuración, el realismo o esas derivaciones de la objetividad más o menos académicas (Curro González y Jabi Machado, por proximidad contextual e inmediación estética, han abierto consecuentemente una camino inevitable que deseamos siga siendo así). En esa misma línea, clavamos una pica (no precisamente en Flandes) para encontrarnos cara a cara con las atmósferas pictóricas -ya que todo sigue siendo básicamente pintura- de un simbólico y casi extravagante Jorge Hernández así como, forzándonos un poco a seguir escribiendo, las peripecias aparentemente accidentales del joven José Carlos Naranjo, que parece posicionarse en algún sitio remoto con bastante voluntad.

El resto puede ser reseñable, pero en alas de la novedad, no nos dejamos seducir por piezas ya expuestas -y vistas- en otros espacios, dejándonos cierto vacío sofocante sobre todo después de contener la respiración antes de entrar. Vuelvo morosamente unos minutos más tarde, después de ingerir algo que obliga a quitarme mi falso traje de filántropo, para seguir especulando sobre las cosas que no me gustan -algo que no suelo hacer por una cuestión de principios- pero, esta vez, lo consideraré algo excepcional porque, francamente, me divierte.
En las últimas semanas hemos podido comprobar cómo los ejercicios de un comisariado vuelven a las galerías comerciales, no sólo por la muestra de la que estamos hablando, sino también por la acaecida en Mecánica Galería de Arte, por ejemplo, donde también hemos podido contemplar el ingrato espectáculo de ver cómo elegir, seleccionar y colgar en una pared de un cubo blanco se considera una acción curatorial. 

No es que discrepe (entre risas), simplemente me niego a entender tales prácticas por razones de profesionalidad que, al margen de las obras sometidas al prêt-à-porter de la experiencia y al encanto de las plusvalías, nos dejan perplejos -por todas las contradicciones que podemos descubrir- en un concepto tan disperso como someter el discurso de un comisariado a las pretensiones financieras de los espacios que, con lo que eso supone, están para vender y venden para estar.
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(1) Con excepción del trabajo de María Acuyo que se posiciona rotundamente en la postmodernidad más práctica y simplista, a medio camino entre el tratado plasticista del abstraccionismo y la tienda de decoración.

(2) Cuando algo se queda en agua de borrajas quiere decir que resultó no ser importante o no llegó a ningún lado. El origen de ese dicho se refiere a la borraja, que es una verdura (típica de algunas zonas de Aragón) cuya infusión apenas tiene sustancia debido a lo delicado de su sabor.

(3) Según la historiografía, el siglo XVII fue denominado como unos de los siglos más crispados y críticos de la Edad Moderna. Fue considerado así por las siguientes cuestiones: crisis climática (la pequeña Edad del Hielo, la única que podemos considerar autónoma); crisis económica (la Fase B de recesión secular que sigue a la Fase A de auge económico y Revolución de los precios del siglo XVI); desórdenes sociales y políticos, que llevan a desastrosas guerras (Crisis de 1640 en España, Fronda en Francia, Revolución inglesa, y sobre todo la Guerra de los Treinta Años en Europa Central); crisis demográfica (aumento de la frecuencia y gravedad de hambrunas y epidemias, despoblamiento de Europa Meridional y Central); y la llamada crisis ideológica (que es como se ha interpretado en el Barroco, tanto en arte como en literatura e incluso en filosofía). Según Paul Hazard, es conveniente llamarla Crisis de la Conciencia Europea, que surge a finales de siglo y prepara la antesala, o vuelco total, del llamado Siglo de las Luces.

(4) Cuestiones vaticinadas por Malthus en su Ensayo sobre el principio de población y que, a estas alturas del juego, no creo que nos sorprendan.

Texto escrito por Marcos Fernández en el año 2012.

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