Arte y moda: la disyuntiva

“La moda no es un arte, pero para dedicarse a ella hay que ser un artista”.
Yves Saint-Laurent

“Cuando trabajo con la tela sobre los maniquíes es como si estuviera esculpiéndoles el cuerpo. La costura es arte. Hay texturas, color, tiene algo de arquitectura, y todo eso no se improvisa: lo importante es la idea”.
Manuel Pertegaz

Muchos y relativos son los debates que siempre han girado en torno al parangón contemporáneo de la artes, y muchas las cuestiones que se han formulado para reflexionar del por qué la moda ha de ser un género más en el dilatado mundo de la creación.

La contextualización de la moda actual tiene puntuales similitudes con los objetivos que el arte contemporáneo pretende establecer y, cierto es, que precisamente estos son lo que crean más controversia. La moda se nutre del entorno como base discursiva para plantear sus estrictas propiedades y como en las artes, se puede establece un acercamiento que parte de un contexto histórico/social, un concepto, un diseño, una forma, una exposición/desfile, una difusión mediática y un consumo.

Como denominador común, sabemos que el arte contemporáneo basa los planteamientos en un discurso o concepto y, al igual que la moda, es susceptible a las circunstancias del medio, lo que concluye en la llamada tendencia, algo de lo que participa inevitablemente.

La diferencia radicaría principalmente en los objetivos y en la experiencia. 
En un principio, estos serían su consumo como punto cardinal, teniendo en cuenta que los grados de exclusividad y difusión lo hacen menos susceptible y menos accesible, por lo que tendríamos que aproximar su consumo experimentativo a un público o consumidores habituales de arte.

Observándolo desde un punto de vista común, tanto la moda como las artes participan de una forma más directa o indirecta, consciente o inconsciente, estableciendo la polémica por diferenciación y proteccionismo.           
Duchamp discurría abiertamente sobre qué es arte y qué no lo es, para llegar a la conclusión de que todo es arte mientras se considere así. Si esa preocupación la sometemos a términos tangibles aludiríamos, sin duda, a la forma del hecho artístico. Esa ecuación da la razón a la moda que pretende ser arte y, encima, tiene forma (entre otras cualidades) y, dependiendo de intencionalidades y formulaciones, única o no.

La moda conjuga una serie de fenómenos que manifiestan multitud de naturalezas a la vez, como: el happening, la performance y la danza; el diseño y la música; la escultura, la instalación y la pintura; etcétera; y su carácter multidisciplinar es lo que le da la razón. Otra cuestión es saber cómo de sometida está a la cultura del entretenimiento, a la tendencia, al marketing o las no siempre halagüeñas mayorías/minorías elitistas y esnobistas.

El arte se puede sustentar de la moda para matices de difusión y viceversa. Aquí el creador modifica el soporte por afinidades conceptuales y lo acerca forzosamente a la disyuntiva de artes industriales o seriadas que, a la vez, aporta implícitamente el término de “no original” o arte procesado, base de la complejidad y verdadero quebradero de teóricos y especialistas, ya que al arte siempre se le ha querido diferenciar mediante una característica tácita más, que es la de única e incomparable.

La cuestión es clara, al igual que estas dos realidades. El artista se beneficia económicamente por prestar su ingenio y su manufactura a una firma que le aportará difusión y prestigio -algo supuestamente recíproco-, pero dotando al producto de un carácter mediático mayoritario, que dependerá totalmente de su grado de exclusividad para hacer accesible, a priori, dos firmas a la vez, planteamiento que quedará en duda por transformarse en algo no apto para todos los poderes adquisitivos pero, si más asimilable para todos los que anhelan participar, tanto para bien como para mal, de este enmarañado mundo de las artes.

Texto escrito por Marcos Fernández en el año 2008.

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