Acción y modernidad

En un mundo de mutable situación, el hecho de revisar las tendencias artísticas -en sincronía y en diacronía- nos compromete a casi obviar cualquier nimiedad, formalista o convencional, que pueda crear incertidumbre o desasosiego en el discurso. Si algo se ha podido demostrar, a posteriori, es el carácter sistemático y codificador de las tendencias y géneros desde 1945 hasta los primeros años de la década de los noventa.
Si al finalizar la primera gran guerra, el artista occidental se ve forzado a enfrentar las nuevas doctrinas de vanguardia a los valores burgueses de antaño, en 1945, se dirime la posibilidad de la creación frente a la barbarie del nuevo conflicto mundial.

El nihilismo y el existencialismo que impregnaron el pensamiento y el sentir de posguerra fueron desapareciendo a medida que occidente se iba acondicionando a la sociedad del bienestar. Tal prosperidad, basada en un capitalismo salvaje, no evitó cualquier tipo de azarosa manifestación de malestar general, observadas en la llamada contracultura. Los movimientos progresistas y los esfuerzos por desplazar las estructuras más autoritarias, parecen dejar paso a un conservadurismo cada vez más acentuado que, desembocaría sin remedio, a las pautas convencionales del mercado neoliberal contemporáneo.

De forma fundada, observamos que algunas evaluaciones de la actualidad discuten sobre la deshumanización, la transparencia y la belleza en dicha disyuntiva, con la casi necesidad de redefinir y replantear el sentido de los menesteres artísticos.

Si el primer brote de libertad creativa del siglo XX se convirtió en víctima de su propia entropía, la dinámica contemporánea, en cambio, formula el eclecticismo como doctrina de uso corriente en la intervención creativa. La experimentación, la pérdida del estilo, el placer hacia el hecho, la normalización formal del entorno creativo, etcétera, son algunos de los rasgos que fundamentan este elenco de actividad formal y conceptual.

Acercar dos polos tan opuestos como la espiritualidad del pensamiento ético-político y la relación entre artista y mercado, han sido, en suma, dos vectores que fluctúan en la búsqueda definitiva de la plástica moderna.

Esta crispación deja paso a nuevas fórmulas cuyos planteamientos desbordan cualquier ápice de convencionalismo o tradición. Los inicios del arte de acción parecen ser el abanderado, según algunos documentalistas, de precisamente esto, así como de nuevos intentos revisionistas inmersos en la pintura y en el emergente expresionismo abstracto (como hemos podido comprobar en el desarrollo plástico del pintor norteamericano, Jackson Pollock). Pero, cuando se habla de este hecho en un sentido más riguroso y estricto, podemos extrapolar el término, de forma literal, a la denominación de las locuciones happening o performance.
Ya en los años cincuenta, el coreógrafo Merce Cunningham y el músico John Cage demostraron abiertamente las posibilidades de este hecho, más allá de las metodologías pictóricas, haciendo posible la interactuación y la intervención del público con el suceso artístico, lo que contribuye en su comprensión.
En 1968, Richard Kostelanetz, diferencia cuatro tipologías de clasificación para el término: en primer lugar, define el happening puro, donde los participantes, en torno a un esquema, hacen prácticamente lo quieren interviniendo sobre lugares públicos (como los realizados por el alemán Wolf Vostell durante la década de los sesenta en Berlín), a priori; en segundo lugar, se distinguen los happenings en un espacio cerrado o escenario, donde la intervención pública es prácticamente nula quedando separados el espectador del hecho, que pasa a ser mero observador; en tercer lugar, se darían los happenings en los que el diálogo queda reducido a una simple comunicación indirecta o fragmentos aislados; y por último, Kostelanetz diferencia los environments, hechos planteados previamente donde se determina, casi con exactitud, tanto el lugar como la actividad de la acción.

Sabemos que parte de su base reside en el concepto clásico de ready made de Marcel Duchamp, que hace un guiño a la plástica más tangible, donde el objeto descontextualizado formaba parte del ámbito artístico. La diferencia reside en que el happening no descontextualiza un objeto, sino un hecho. Vemos pues que la representación concreta queda manifestada por la relación de lo constante y lo dialéctico entre el arte y la vida, con lo que, en cierto modo, es innegable su función mágica o ritual: ligado estrechamente al deseo de erigirse, dado el tremendo proceso de aceleración de la sociedad industrializada y el triunfo de la civilización tecnócrata.

Básicamente, toda pretensión primigénica del happening es atraer e interesar al mayor número de personas posibles, para que sean parte del mismo (dualidad que limitó el grado de provocación, agresividad y trasgresión para no inhibir la postura de los participantes).
Gillo Dorfles estableció cierto paralelismo entre el body art y los primeros happenings, manifestando los procesos de desmaterialización inherente al Arte de acción en continuidad al uso progresivo del cuerpo como partícula experimental, con lo que tanto el body art como land art, son totalmente anexos a este flujo dinámico. 

Podemos afirmar que muchos de los contrastes posibles podrían verse reflejados en un ideal artificial y paradigmático que relacionara personajes como Andy Warhol y Joseph Beuys: metáfora pura del conceptual enfrentamiento entre mercantilismo y ciencia espiritual, que conllevaría una diferencia de género y planteamiento.

Las comparativas, a veces, son inevitables. Pero cierto es que la vulgarización con fórmulas despectivas, jocosas y burlescas hacen del arte una disciplina que, en su seriedad, es capaz de transformarse para dar cabida a todas las propuestas con un mínimo de criterio y, sobre todo, de inquietud creadora.

Esto no es nuevo y su revisión tampoco, y no creemos que importen las veces que puedan hacerse ya que el mercado, en postura diacrónicamente inalterable, necesita una llamada de atención y, a veces, un refresco.

En el futuro, las fórmulas de intervención serán aún más extravagantes, más complejas a nivel burocrático y a nivel formal, más difíciles de asimilar por parte del público, sea pasivo o activo, y por supuesto, más susceptible a la crítica y al paso del tiempo, moneda de cambio indeleble que pone en manifiesto la durabilidad y la buena calidad de las propuestas.

Texto escrito por Marcos Fernández en el año 2007.

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